Waraira Repano – San Cristóbal

Waraira

Te cuento que estoy vivo. Lo sé porque siento como salpica en mi cara el agua de la ciudad. Ando en bicicleta pasándome los autos como si anduviera sobre una moto en Caracas.

Saludo a esos ciudadanos que cargan bolsas cual grilletes del consumo, pero no responden. Han trabajado casi doce horas y no quieren que nadie les hable, anhelan llegar seguros a sus hogares. Desean abrir las puertas con las marraquetas en las manos, dispuestos a encerrarse, poniéndole candados a su libertad.

Sé que estoy vivo porque oí el agua caer con violencia sobre Guaicaipuro. Vi los ríos filtrándose en los barrios, como arena de Cayo Muerto entre los dedos. Andaba bajo la oscuridad de los puentes caraqueños, como atravesando las poblaciones de noche, en una Recoleta explayada sobre Valparaíso. Oí la fiesta de las balas y la salsa. Me miró con ojos fieros la Guardia Nacional, vi las gargantas alertas a los gritos, las colas en espirales inacabables. Probé la guarapita, el cocuy, la arepa, el papelón. Abracé a mis hermanos y lloré con ellos, alcé mi puño junto a la guitarra de Alí. Sentí el aroma del mar en la Guaira, los estremecimientos de Yemayá en El Parguito.

Anduve por Sabana Grande de noche, un paseo peatonal desnudo, sin el más mínimo rastro de las almas que la colman cuando el sol ilumina. El silencio es imposible, algún ruido misterioso se apodera de Caracas, un rumor que no cesa ni en la más desolada madrugada. El cariño de las voces que responden con frases calurosas cualquier interacción, abrigan y alimentan el espíritu aunque falte harina de maíz.

Un golpe de frío en la cara me dio Santiago cuando llegué a Pudahuel. Extrañaba la cordillera y su abrazo nevado. Los autos paran con las luces rojas y avanzan con las verdes. Los carabineros con sus dedos pulgares se sostienen en sus chalecos antibalas y van inspeccionando en forma pendular con botas y miradas la calma en la capital chilena.

Estoy vivo todavía y me pregunto si será cierto. ¿Alguien me oye acaso? ¿Alguien oye la voz de esa mirada? Voy en el metro comentando inagotablemente mis memorias, pero los teléfonos centran todo la atención. Un vagón de la Línea 1 que atraviesa las grandes alamedas, no es más que un traslado subterráneo de obreros y estudiantes que se niegan a mirarse a los ojos, que no se reconocen más que en los espejos donde la publicidad los incita a reflejarse.

Hay veces que ojos rebeldes se pierden y se hallan en medio de la gente, hacen el amor, se desnudan, besan a los demás, les arrebatan los celulares, los arrojan por las ventanas, estimulan la orgía y se alzan evadiendo la jornada, pero luego se turba la mirada, se sacuden las cabezas, se peinan y se reintegran a la lectura húmeda de Gonzalo Rojas.

En algunos momentos cuestiono la vitalidad de mis horas. ¿Estaré vivo?

Me prendí de una boca en la playa de Chuao, sacié la sed bebiendo la humedad de un cuerpo sobre la arena, me zumbaron al oído que violáramos la frontera, que atravesara el Amazonas, debía perderme en la selva cual si perdiera la razón, pero eso no existe, tal vez jamás ocurrió.

Hoy estoy sentado en otra ilusión que me dice que estoy vivo. Pretendo conquistar la vida en noches que me incitan a dormir y en días que me impiden despertar. Por estos días no hay necesidad de nada, pero ansias de todo. La calma me pide estruendos y vuelvo a dudar si soy yo realmente el que escribe este manifiesto.

La sopaipilla abandona por un tiempo su nombre y se la denomina arepa chilena de auyama, así como se pierde el sabor del mango después o la textura del cacao. Vivir entre dos hemisferios es no estar en ninguno, es transformarse en un ser etéreo. Viajar es cabalgar sobre la nostalgia y al final no se habita en ninguna parte.

Ahora lo digo con total seguridad, todo fue una ilusión y lo seguirá siendo. Por ello no hay que temerle al dolor, porque no es más que pasajero. En el bosque del sur me espera la araucaria, el pangui, el piñón, el changle. El calor que en Caracas prendía la calle esta vivo en los amigos que quedaron con las cuerdas y los maderos, fieros defensores de su destino. A ellos les dejo el Waraira Repano, para que sea su puesto de vigilancia ante quien intente silenciar al león caribeño.

San Cristóbal será para mí la raíz desde donde alce vuelo,
una plataforma secreta de despegues.

Mauricio Leandro

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