Chuao

Chuao

Caía una feroz tormenta en la playa. Estaban solos y como únicos testigos tenían la humedad de la noche, las espesas montañas y aquella porción de mar que abrazaba la bahía. Ella se recostó sobre una palmera; él custodió su descenso añorando zafarle el vestido. Ella se soltó el cabello e iluminó la oscuridad; él se abalanzó a su boca como apeteciendo arrancarle los labios a mordidas.

La mujer abrió paso sobre la palmera, encaminándolo, sendero a sus besos. Aquella costa del Caribe ardió como a pleno sol haciendo que el sudor y la lluvia terminaran de empapar sus cuerpos. Las ropas se volvieron inútiles y en un relámpago quedaron desnudos sobre su cama frondosa. Allí se tocaron ansiosamente con piernas, brazos, pechos, manos, lenguas. Eléctricos como los truenos, hacían que cada roce se tornara un espasmo. Como animales se olfateaban, se lamían, se mordían tiernamente.

Él se sentía un niño explorador hallando en los hombros de ella los más dulces y coloridos mangos que jamás conoció. Le apretaba los brazos firmemente hasta el húmero en la búsqueda frenética de extraer el sabor que contenía su carne. Ella recorría el cuerpo del hombre con besos despistados, cual mariposa extraviada en la cascada del Chorrerón.

Las olas fueron las que indicaron el momento de la embestida y la marea se transformó en la sinfonía de su ir y venir. A veces la melodía de sus cuerpos se confundía con la de la mar y en instantes se parecía a los gritos de la tempestad o al choque de los botes que se golpeaban anclados a la orilla.

El hombre estaba dominado por un impulso que lo hacía perderse. Caía sobre la mujer blanca y melosa, devorándola como a la fruta del cacao. Ella estaba arrebatada de aromas y sonidos. Abrazaba al hombre, pero sus ojos se perdían en las estrellas. Habría sus piernas para que la noche pudiese ser parte de aquel encuentro. Los gritos y las olas le causaban más ansiedad y deseaba que cada estrella, cada palma, cada ola, la arena, el mar, el viento, se sumaran a ese romance. Fue así como los dos culminaron en un gemido de la tierra una orgía de elementos en la playa.

La palmera transpiró al día siguiente la miel de sus cuerpos.

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2 comentarios en “Chuao”

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