La mierda y la cruz

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Un bullicio me despertó.

Estaba sentado en aquel asiento del bus con los pies amarrados a la mochila para no abrir los ojos con su ausencia. El tropel era acolchonado por una salsa muy bajita que se oía desde la radio del chofer. Cuando miré hacia atrás, un hombre enorme tomaba cual estropajo a un señor escuálido, de unos trenta y tantos años, desbaratado y de rostro pesadamente triste que a penas podía permanecer de pie. De un sólo empujón el fornido sacó al hombrecillo del bus y todos comenzaron a reír. Entre el sueño y mi temor aferrado a la mochila, no comprendía aún qué pasaba, hasta que alguien comentó con leve sonrisa: “por fin sacaro al borracho”; a lo que otra voz discreta complementó con la noticia que nos espabiló definitivamente: “sí, se cagó en los pantalones”. Todos fruncimos el ceño y expresamos muecas que develaron nuestra repugnante sensación ante lo que aclaró algunas cosas. Al arribar al bus todos sentimos una ligera hediondez, que al principio achacamos al mal estado en que la empresa de transporte venezolana tenía sus vehículos, pero ahora conocíamos al responsable.

Entre las muecas y las risas busqué al señor que yacía cual bolsa de basura en el suelo de un desconocido pueblo, un rincón perdido entre nuestro destino final y la terminal de la cual partimos. A pesar de hacerme parte del sentir colectivo, una curiosa angustia me tomó por asalto y pensé en el hombre aquel y en nosotros, “los perfumados”, haciéndome un cúmulo de indagaciones: ¿Qué será de él? ¿tendrá dinero para volver a tomar otro transporte? ¿se negarán a llevarlo? ¿podrá bañarse en algún lado? ¿tendrá la vestimenta necesaria para cambiar de aspecto? ¿vagará eternamente por las carreteras llevando su mierda como una cruz? ¿acaso quienes se ríen son menos vomitivos? ¿si nos vamos, si lo abandonamos riendo, seremos nosotros aquella nauseabunda peste que el señor dejó?

Repentinamente el hombre robusto colocó algo sobre el asiento del hombre-estropajo y el protagonista de la vergüenza volvio a su puesto con los ojos entrecerrados, aún ebrio, pero en su mirada alborotada podía ver mi vergüenza, olvidándome que yo era él y que todos somos uno, incluso los más repugnantes seres que intentamos no tocar, que esquivamos como obstáculos de la vida.

Mientras que los pasajeros no podían safarse la repugnancia del rostro y yo reflexionaba sobre la mierda y la cruz, el ronquido del hombre-estropajo nos recordó que faltaban aún 12 horas de viaje para llegar a Caracas y que de quien únicamente debíamos preocuparnos era del kilometraje suicida con que el chófer venezolano conducía nuestras 50 apestosas vidas.

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