Tánatos

TánatosTengo zapatos nuevos y puedo sentir dentro de ellos un millón de gusanos devorándome. Mis zapatos son de salir, negros, sin cordones, talla 43, tienen una suela enorme y me dan tres centímetros más de estatura. Suenan al pisar cual taconeo de bailaor, rítmicamente truena en mis pies la muerte.

Un traje negro y corbata gris, acompañan en la gala a mi cadáver vivo -como todos-, particularmente sonriente, triste, cobarde, de acciones sin abismo ni parapente.

Estoy rodeado de los muertos vivos de hoy, quienes proyectan su aliento y su saliva desorientadamente en una vida que gira tragándolos.

La muerte llueve en rocío sobre el Congreso, besando a los honorables y a los camarógrafos, a los imbéciles y a los héroes.

¿En qué se diferenciará la muerte del zapatero a la del Presidente? ¿Cuáles gusanos comerán mejor? ¿Cuál se pudrirá primero? ¿Quién tendrá un esqueleto leonado?

Siento como me consumo entre sonrisa y llanto. Cuando alzo sobre mi cabeza la sábana, la muerte se cuela en el lecho y juntos dormimos en las sombras. A veces en la oscuridad veo reflejos leves de luz: es mi rostro sutilmente quemado y sé que no es un espejo bajo la cama, es la muerte que vive en mí, que no es tal sin esta idea, una muerte que me ha jurado como Dios, para que la abrace como hija y le permita existir. Pero ambos entendemos que en nuestra complicidad se agazapa la certeza de sabernos inexistentes, a lo menos efímeros.

¿Qué es la vida de un hombre en un millón de años, si no un suspiro de la muerte? ¿Qué es la muerte sin el más insignificante suspiro de un alma consciente de la vida?

Alguien se ríe ante las cámaras, ¡el show televisivo ha marcado la hora de empezar! Millones de flash capturan las luces que rebotan en las rocas, los pedazos del piel, las cabelleras, los tintes, los trajes de seda. Un millón de composiciones lumínicas que se parecen a nosotros, que nos inmortalizan en un instante visual, pero los gusanos de mis zapatos, no se han enterado. Aunque suene el disparador de una cámara y atrapen mi luz para siempre, seré el banquete de mis gusanos y el polvo seré de ellos aunque me queme.

Mauricio Leandro

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