Crónica del Pinga-Pinga

De Lyon a Pichilemu
Pinga-Pinga
Llegó de Lyon con el alma en vilo. A pesar de la información previa, imágenes, fotos, vídeos, música, nada le quitaba los aires de conquista. Se sintió maravillada en los cerros de Valparaíso como cuando Colón se halló en la playa de Baracoa. Mística de colores, pobreza y alegría mezclados perfectamente, Valpo contrastaba con su realidad de La France, nación decadente y con hambruna de cultura popular. Francia estaba atiborrada de obras bonitas para la elite que en los museos galos se habían concentrado, imantados por el dinero de quienes las podían acumular.

En Santiago de Chile se dio cuenta que de nada sirvieron las clases de español-españolado, en Chile se hablaba otro idioma con vocabulario propio: ¿cachai?, bacán, huevón, ahuevona’o, po’ (la eterna exclamación expresada al final de cada afirmación o negación), fome, choclo, palta, etc. Pero feliz se posaba en los pasillos de la facultad de Ciencias Sociales de La Chile, a fotografiar con su lente verde el bombardeo de imágenes revolucionarias, compuestas por la pequeña burguesía chilena (el Che, Víctor Jara, las cholitas bolivianas, Latinoamérica como un fusil disparando salvas de libertad).

Chile sabía a terremoto, pisco, mote con huesillo, sopaipilla, porotos con pastas (¡qué locura!). Estaba ansiosa por descubrirlo todo, hasta que un sonsonete diverso vibró en un encuentro. Un cubano tropical y sin tabaco se puso a bailar y la contagió. Dejó un rato que su libertad fuera compartida con aquel ser extrañamente exótico y que era consciente de manejar otro vocabulario, uno que la confundiría fatigosamente.

¡Pinga!… ¿Qué era eso? Una exclamación cubana que significaba muchas cosas, que se refería al pene y terminó siendo una maldición, una maldición que repetida hacía aparecer de forma etérea la imagen de un carro, que como la balsa de Caronte, no podía conducir más que a un Hades sudamericano. Tal vez la comparación es un poco exagerada; tal vez la barca de Caronte era más cómoda; tal vez no le fallaba el remo a la hora de bogar; tal vez nunca se calentó tanto en aquellas aguas del Aqueronte.

Un día cualquiera, el cubano y sus secuaces la invitaron a un viaje a una paradisiaca y folclórica playa chilena. El entusiasmo subió desde sus pies y recorrió toda su pálida piel, su bosque ocular y sus cabellos de oro opaco. No tenía panorama alguno para aquella semana en que Chile festejaba el patriotismo con banderitas plásticas hechas en China.

Recibió una advertencia de tono sarcástico que vaticinaba el viaje en un carro del 1410 a.c., y así lo tomó, como un chiste. Llegó la anunciada hora del viaje, de la aventura. La flaca, como la bautizó el falso latinlover, cargaba en su lomo una cámara, un saco de dormir y muchas ganas de tragarlo todo. No supo hasta que se subió al carro, que debía tener un salvavidas y un seguro, porque aquel viaje era un camino al abismo, uno más amplio que el que se hallaba en sus mejillas.

Llegó el día. Dos franceses más, el cubano, un conductor experto y ella, listos todos para el paseo. Odiseo no nombró a sus barcos porque no fue necesario. Aquel conjunto de turistas y latinos bautizaron Pinga-Pinga a la nave de cuatro ruedas que los llevó en una travesía mágica hacia el sur. El viaje fue una aventura gallarda y juvenil, similar a la empresa que dio pie al viaje de Odiseo; pero a diferencia de él, ni ella, ni sus acompañantes destruyeron Troya, no lanzaron blasfemias a los dioses y mucho menos pretendieron ser héroes. No consiguieron nada tampoco; más bien, partieron con el fin hedonista de cultivar sus propias huellas con la dulzura de la costa y la brisa marina.

Ha quedado dicho, Pinga-Pinga fue la nave, pero partió siendo un feo, insípido y común Daewoo desecho. Ella se subió un poco preocupada porque el primer sonido que emitió aquel cacharro fue un ronquido tenebroso, similar al que la noche inspiraba.

Al principio fue difícil salir de Santiago, por un problema entre latinos y su entendimiento primate del GPS y las tecnologías celulares. Pero cuando el camino se hizo ancho al sur, el carro empezó a fallar, cuando no quiso pasar la quinta e hizo caso omiso al pedido de segunda, y se puso pesado con la cuarta y la tercera, cuando no quiso pasar la primera o cuando tiró la reversa imprevistamente. El carro quería hablar, ser protagonista. Ella sintió algo raro, entre ansiedad y dolor de estómago de tanto reír por los chistes que propició aquella situación.

El conductor, un audaz Schumacher chileno de descendencia gallega, le echó gasolina y partió halando la pistola de la estación de servicio sin consciencia, pero aquel fue un accidente trivial. Música y viento adornaron la partida, hasta que la noche cayó violenta con su tiniebla, que no se agazapó ante las empobrecidas luces del auto.

El color negro del coche y su constante calentarse, pararse, romperse, hizo que ella pensara que se trataba de: un coche terrorista del Estado Islámico, o un carro enfermo, contaminado por el ébola. El vehículo marchaba hacia Pichilemu como los Panzer destino a Moscú en las Segunda Guerra Mundial. El ruido era similar al de un tractor, pero su lento andar confirmaban que se trataba de un tanque.

La flaca se atemorizó cuando la noche se tragó al carro y dejó como trampas de oso, unas curvas tremendas. El conductor no veía nada y la esperanza de sobrevivir a aquella odisea, se había caído por un barranco, atravesando la berma y las barandas de auxilio.

On est encore loin?– le dijo la flaca a su compañera francesa.
Je sais pas, mais j’aimerai bien arriver vivant!– exclamó Alice, testigo de aquel martirio.

Aquella conversación logró poner aún más nerviosos al chofer y al “latinlover” copiloto, quienes suponían: “Estas francesas se están cagando en nuestras madres”.

No era el Saona ni el Mapocho, ni tampoco un río, era el mar de Pichilemu lo que ella deslumbró al caer de pleno frente a la última cuesta. El mar se mostró potente como un salvavidas y no había otras ansias que las de tomar un buen trago, para pasar el amargo viaje. Tomarse la suerte de estar vivos, sobre la arena, ver el oleaje y la lontananza como si fuera tierra firme después de aquella aventura en el Pinga-Pinga.

La flaca disfrutó aquella noche… total, para eso estaba en Chile, para pasarla bien y sin sustos innecesarios. Durmió en un bosque infectado de abejas, a la luz del suicidio, un hombre que se colgó de un árbol como una lámpara que alumbraría el devenir de los cinco aventureros que descansaron aquella noche en una carpa diseñada para tres. Terminaron allí tras la engañosa invitación de un niño que los recorrió por todo Pichilemu ofreciéndoles un lugarcito en su patio, pero no pasó nada, un escuadrón de perros callejeros-guardianes custodiaron al grupo.

A la mañana siguiente, la flaca y casi todo el grupo despertó de forma violenta tras el grito desesperado del cubiche, quien con el trauma de los terremotos chilenos, vociferó a todo pulmón “¡¡¡Sunami!!!”, ante el ruido sigiloso de una alarma de autos.

El verde se expandió más allá de los ojos de la francesa, cuando una campiña chilena iluminó el amanecer. Luego vinieron las empanadas, los caballos rebeldes, el galope sobre la playa, los Jinetes del Apocalipsis, la guitarra y su coro de olas, los siete pecados capitales (tenían seis, faltaba la ira), los valientes surfistas enfrentándose al gélido mar y el regreso. ¡Oh, cruel regreso a la ciudad!

Cuando el grupo decidió emprender la partida, allí estaba, esperándolos estoicamente el Pinga-Pinga sin si quiera hacer un guiño de nervios o locura. Cuando la francesa se subió al carro, exclamó para sí: “¡Inchallah!”. Pero el Dios de los musulmanes no entendió aquel acento y propició más que bendiciones una tormenta de acontecimientos desafortunados. El automóvil partió, pero a la primera subida decidió prender sus entrañas con hervor volcánico. El conductor tuvo que echar el auto a la “berma” (no había berma, lo tiró a cualquier parte) y allí tuvieron que esperar mucho rato que el vehículo decidiera por cuenta propia enfriarse. Eso ocurrió siete veces más y en cada parada, el grupo practicó puntería contra los árboles, jugaron béisbol, fumaron 12 mil cigarrillos, contaron las estrellas, los autos azules, los piedras del camino.

La francesa pensaba intensamente en si sería posible llegar viva, si el destino o auto aquel, le permitirían contarle la historia a sus padres y amigos. La suerte estaba echada.

El auto llegó hasta Litueche, o Liechtenstein como entendió más de alguno, allí llenó su motor de aceite -que no tenía-, de agua destilada -que no tenía- y de gasolina -que no tenía-; cargaron el celular-GPS que murió unos cuantos kilómetros a la salida de la ciudad, varados en la nada. Aquel incidente provocó que los aventureros se desviaran en sentido contrario a Santiago, ciudad que sonaba a Cruz Roja Internacional, cama caliente, posibilidad de estar vivos.

– Vamos Orula, súbelo Orula, que no caiga Orula- decía el cubano invocando a sus dioses africanos.

Pero los dioses de todos los continentes hacían oídos sordos a las oraciones de los tripulantes de aquella nave. Luego de mil horas de canciones latinas, de hits de los 90’ y tonadas flamencas, Pinga-Pinga llegó a Santiasco, una ciudad que ahora era dulce como las galletas de la abuela. Llegó sí, pero no sin antes detenerse en medio de la avenida Américo Vespucio, una donde los autos circulan a 120 kilómetros por hora y donde Pinga-Pinga decidió por motu propio transformarse en una barricada.

El corazón de la francesa estalló en palpitaciones y es que pensó que estaba ad portas de presenciar la muerte inminente de uno de sus compañeros o el colapso total de Pinga-Pinga, un auto que a la fuerza, había terminado por querer como al caballo rebelde que galopó en la playa. Pero por suerte el auto, luego de tomarse un descanso, le dijo a todos: “Eh, los asusté ja ja já; pero ahora vámonos, que los dejaré en la casa”.

A las puertas del condominio, cuando todos estaban a salvo, el conductor entró en crisis de pánico porque la puerta demoró 30 segundos en abrirse. Al descender del auto, Pinga-Pinga miró a sus tripulantes y se echó a reír. Aquella risa despiadada hizo que en el departamento el grupo de sobrevivientes se tomaran hasta el agua de una pecera.

La noche transcurrió despacio, en silencio vigilante. Cualquier movimiento en falso podría despertar al auto que los miraba insomne desde el estacionamiento incitándolos a volver. Pinga-Pinga era en sí y para siempre, un tatuaje en el pecho de la francesa, un karma para todos, el nacimiento de un concepto que implicó eternamente: “pire qu’une thérapie a deux francs six sous, un voyage en ou plutôt à Pinga-Pinga, est un traumatisme surréaliste d’une année au Chili”.

Mauricio Leandro
Traducciones al francés: Lenny Roche

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2 pensamientos en “Crónica del Pinga-Pinga”

  1. Al toparme una vez más con el particular incidente de ¡¡Tsunami!! no puedo evitar arrojar al aire una risa sincera y escandalosa.
    Insisto, las malas experiencias son las mejores historias. Mi abuelo decía “no se puede apreciar la felicidad sin haber pasado por la amargura antes” (considerar su calidad de marxista)
    Percibo un pequeño error que no expresaré acá. Sólo exijo que algún día me incluyas como persona, protagonista o testigo de alguna de tus historias.

    Te quiero asere!!!

    Amor y revolución para ti (que es como lo mismo)

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