Colombófilo

ColombófiloEstoy frente al espejo viendo a un tipo que no conozco, que se cambia el rostro cada que se para frente a mí. Tiene arrugas, barba, bigote, sueños, embriaguez, soledad. Es un cómico, me cuenta chistes y esperanzas en una sola conversación. Es el mismo de siempre, aunque cambie sus estados de ánimo, aunque le salgan alas o se crea ciprés, aunque se lave los dientes y vomite. Le tiene terror a escribir, a salirse de él y mirarse por la espalda. Tiene pánico a la piel que lo atrapa cual jaula. Fuma como bestia, pero tiene pulmones de pájaro, por eso toce cuando lo veo. Me dijo que está preocupado. Lo angustia algo incomprensible, sin cabeza en los pies. El miedo es un bomba en su abdomen que va estallar y lo va a dispersar. La tierra tiembla en este instante, quiere que salga y que corra; la vida quiere pautear la jornada, pero hoy preciso describir a ese ser que no conozco, que me domina, que me pone en la nariz una bola roja y colorea mis cabellos. Él no tiene nombre y no quiere que nadie se lo asigne. Este hombre a quien no conozco y que habita desde mis rodillas, me habla sobre una mujer a quien jamás he visto. La mujer que describe es blanca y pequeña. Tiene senos y pico de paloma, besa y se lo traga como a un gusano. Él no tiene defensas ni vocabulario ante su aparición alada. Esa mujer vino a devorarlo. Él añoró ser su alimento, se echó especias sobre el estómago y su cuello, pero cuando la mujer ave procuro engullirlo, salió temeroso de su buche. Hoy llora frente a mí. Yo lo miro y le tomo la mano, lo abrazo, acaricio su cara, pero nada evita que se ahogue en nubes de espanto. Salta, corre de un lado para el otro, baja la vista, pero no estira los brazos, espera a ser carnada de un pez. Quisiera que volase, que intentara tomar el sol y los edificios más altos. Él podría revolotear como un zunzún, hacer canciones, pero prefiere tomar somníferos, evitar salir de mi espejo, quedarse en silencio a veces y parlotear con mi lengua sin parar y dice: “Yo quisiera ser un animal, un caimán, un mosquito hematófago, una luciérnaga, pero mi cuerpo me lo impide, me condena a ser hombre, a no dejar de pensar, a ser un humano estúpido y simplón que se ríe en esta desgraciada época de falsos estímulos. Preferiría ser sincero y comprendido. Que nadie se insulte ni hulla ante este testimonio de un hombre y sus compañías, pero debo de falsear de algún modo este amor cobarde que me revolotea las entrañas y me quita el sueño. Daría mi más preciado tesoro onírico por que ella fuera un bichito, una polilla en mi cuarto, porque durmiera conmigo agazapada entre mis manos. Amo a una mujer porque la desconozco tan perfectamente. Sé que era el amor que imaginé. Pero también puede ser que sea sólo un ensayo del amor idealizado y que sin quererlo se ha convertido en un intento tenebroso, en la pesadilla donde caigo desde el edificio más alto. Este instante pasará, como pasan todos los días, los diccionarios, pero en este momento me arden las manos y todo el cuerpo. La imagen de una paloma se posa en mis cuadernos, en mis pies, en mi pecera; transforma todas las canciones en un tropel de pájaros. Sólo sé que añoro volver escuchar, a esa ave arrullar su canto pajarístico”.

Mauricio Leandro

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