Palo

PaloEstoy llegando al área. Un defensa me lanza un planchazo, pero en un salto fenomenal (no sé ni cómo llegué a hacerlo) eludo al jugador. Ahora sí. Me falta un zaguero y quedaré solo ante el guardameta. ¡Tremendo! Le hago un túnel sin pensarlo, tiro una patada al balón y de chiripazo me sale, me meto por el lado izquierdo del defensa y sigo con mi marcha implacable hacia el corazón del área chica. Ahí está el portero, extiende su extremidades como patas de araña y en actitud felina convierte sus manos en garras dispuestas a tomar la pelota sin importar el rumbo que coja, sin importar la postura, la contorción que deba hacer para impedir el tanto que pondrá a mi equipo a la cabeza del marcador. No sé de donde me sale, pero de repente hago una rabona, tiro la pelota por atrás, le hago un sombrero mejicano al cancerbero y quedo allí, ahora sí, totalmente solo frente a un arco desnudo, abierto, dilatado ante el remate que tendré que hacer. El estadio se pone de pide, puedo oír el grito de gol en todo el país, siento que mi corazón es un vaso capilar por donde circula la sangre de Dios, mis pies no sienten las pisadas y comienzo a elevar vuelo hacia la gloria. La emoción me ensordece por un instante y me dispongo a penetrar la portería con la bola y mi alma a la vez. Remato como si disparara a un apóstata, chuto con los ojos cerrados y siento la lluvia que cae sobre mí, listo para bañarme de divinidad. Pero se oyen quejidos, gritos de angustia, dolor pesado, silbidos, el estadio cae en masa sobre mí con sonidos de cuchillo. Abro los ojos y la red está intacta, a penas un movimiento leve que le da el viento, el balón está en juego. Un defensa lo toma y corre veloz hacia mi área, mi frontera, el país que debo proteger de la invasión foránea. Mis compañeros me miran con rostros asesinos, hostiles. Desde la distancia escucho a mi portero nombrar a mi madre acompañando su santo nombre de un epíteto vulgar. Bajo la cabeza, pero mi sentido auditivo se agudiza al nivel de que puedo captar la onda radial y escucho a los periodistas deportivos hablando del palo, de mi empeine derecho, del puntazo, de mi corta vista, de mi pésima puntería, de mi estúpida ilusión, de “cómo cerro los ojos, está loco”. Siento el llamado de mi entrenador y de la masa, queriendo remplazarme, queriendo hacer un cambio de por vida. A esa hora, tardíamente, cuando mi equipo está acorralado en su guarida, asediado por el adversario, dispuestos a parar el gol de los otros con la cabeza, las piernas, las manos, los tobillos, el pecho, a esa hora total, llega a mí el sonido de mi remate, escucho el palo sonar cual eco ensordecedor. Las ondas son tan poderosas que me derrumban, me ponen de cara al pasto, besando la huella de un toperol, viendo en detalle la hierba nervada. Mis ojos permanecen abiertos y escucho los gritos aún más fuertes. El equipo contrario ha marcado un gol. Sigo allí, echado, esperando que aparezca mi madre para que me tape el cuerpo con la tierra, me acaricie la frente y me diga que todo va estar bien; espero a mi madre que no aparece, para que me traiga en sus manos tiernas el sueño. Frente a mí se para el árbitro como una estatua gigante, me dice cosas que no entiendo y traen la camilla.

Mauricio Leandro

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