El Caballero de París

El caballero de París
Es un leyenda. Miles de historias envuelven la vida de José María López Lledín, el Caballero de París. Yo no lo conocí, murió el 11 de julio de 1985, antes que naciera. He visto sus estatuas y he escuchado atento las canciones que a él le han dedicado Gerardo Alfonso, Carlos Varela y otros trovadores. Mi madre decía que tenía una melena que casi llegaba al suelo.

Se trata de un vagamundo que andaba por las calles de La Habana, muy culto. Era oriundo de España y existen tantas historias de su llegada a la capital cubana, como mitos sobre su vida y su casta. Algunos locos decían que estaba loco. Él conteplaba a la gente desde su trono –la calle-, pues era el Rey del Mundo, un honorable título que sin ser pusilánime proclamaba ante todos. Los doctores decían que tenía parafrenia, pero sin que ellos lo supieran, el Caballero de París convirtió el Hospital Psiquíatrico de La Habana en su castillo.

A continuación comparto la visión de este monarca. Extractos de entrevistas que han sido publicadas en un libro que, lleno de polvo, al abrirlo iluminó por un instante la penumbra la mi habitación.

Decía el Caballero de País:

Es lógico que sea popular. Todo el mundo me conoce. Todo el mundo me mira. Yo soy la leyenda que camina… La tradición sagrada que recorre las calles. Yo soy no un hombre, sino un Dios… Un Dios que persigue la paz entre los humanos y la guerra entre los guerreros.

Los que me critican, me ofenden y hasta me desprecian, no saben, ni sabrán nunca qué hay en el fondo de mi corazón. Esos fariseos ignoran la gloria inmensa, la emoción profunda que uno experimenta cuando dice: Yo soy el Caballero de París. Yo soy el rey del mundo porque el mundo está siempre a mis pies.

No me mire los mocasines sucios. Mire la acera, mire la tierra, mire el pavimento. Todo está debajo de mí. Arriba el cielo, del cual procedo y al cual iré para ir a pedirle cuentas a los filisteos que han entrado por sorpresa.

Yo no salí de ningún cerebro. Yo salí por donde salen todos los hombres y también todas las mujeres. Yo nací allá en España, el 29 de diciembre del 1886, el mismo día que Alfonso XIII, en una casa con sala, comedor, dos cuartos y un salón de gala. Al frente había una parra, con muchas uvas, que daba a la calle.

El rey llevaba un caballo mejor que el de Atila cuando iba a cazar y pasear conmigo. Caballo negro, con estrella blanca en la frente. Soy de Lugo ciudad amurallada, donde los moros nunca pudieron entrar, pegada a Asturias y a León. Sí, colindan… La misma guardia civil del río no se puede tener de la parte de acá, tiene que estar de la parte de allá. De Lugo son los padres de Fidel.

Mi nombre es don Juan Carlos Manuel López Lledín Rodríguez, porque era amigo de él. Me puso su nombre de pequeño: José María Jesús. Tengo como catorce hermanos, uno se murió de pequeño.

Mis padres se murieron de bastante edad. Se llamaban María Josefa del Pilar y Don Manuel. Tenían una pequeña casa quinta con viñedos. Yo mismo sembraba cepas de chiquito. Yo soy técnico en eso. Ayudaba a hacer el vino y el aguardiente. Antes de los 18 años era experto en hacer aguardiente de uva.

Esa noche no pude dormir en casa porque tenía una botellita con aguardiente y me… Mi abuelo por parte de madre tenía caballerías para negocios de tabaco cubano y eso… Vivían en una casa moderna, cerca de Asturias, en la parte de Lugo. Son las personas que he querido más, como nací allí.

Mi tío era maestro de escuela privada y me tenía para enseñarle a hacer letras y dibujar a los camaradas. Yo era un pequeño maestro, además de alumno avejentado. Allá en mi casa, el maestro, en la villa de allá yo le ayudé a terminar a los muchachos. ¿Qué si estudié?… No, me hicieron Caballero de La Habana, un estudio aparte… Cuando chiquito me gustaba pescar en el río. Como hombre de rango, tengo mis nombres y apellidos. Pero todos me dicen el Caballero de París. Mil veces he renegado de ese apodo que me ridiculiza. Yo no soy de París, sino de España, de un lugar de cuyo nombre geográfico no quiero acordarme.

No me pregunten la fecha de mi nacimiento. Los reyes, como los dioses, no tienen memoria. Y si la tienen, lo saben disimular. Sé que faltaba poco para que naciera un siglo. De temprano me gustaba vagar por las dehesas de mi aldea.

No tuve Rocinante ni Sancho Panza; pero fui gentilhombre y caballero andante, deshaciendo entuertos y castigando injusticias, como aquella actitud incalificable de un gallo jerezano queriendo abusar de una pequeña gallina prieta de los judíos. Tomé la lanza y lo degollé de un tajo. Fue muy sabroso el gallo asado a la española. Yo debo andar por los cincuenta, pero no lo digo. Las alcurnias como la mía no se inclinan ante el almanaque.

Le dije que iba a decir mi nombre y se lo voy a decir. No… no se lo diré, se lo apuntaré en este anuncio de una sastrería. Vaya fijándose. Me llamo Don Emanuel Francisco José Antonescu María de Jesús San Germán Carlos Alfonso Luis Felipe Santiago Pelayo Enrique y mis apellidos, los grandes apellidos de mi prosapia y de mi árbol genealógico, son los siguientes: López Llervandik Gran Mauraz, Soto Móndez de Núñez, Luna de León y Flandes de Viena.

Recuerdo que era muy joven y tenía fiebre. Sudaba y soñaba… Soñaba con viajar y cinco meses más tarde me vi viajando por Francia, entre bombas, tiros y quejidos. Un espectáculo espantoso para la gente corriente. Pero de una gran belleza para los gladiadores como yo. Aquel era mi ambiente. Y si no pelee con las armas en la mano fue porque no tenía edad. Por eso embarqué a Cuba en un barco alemán, El Príncipe de Cecilia, la Reina de la Música, con el que amenazaron los submarinos alemanes allá.

Llegué a Cuba con 26 pesos en el bolsillo, en el año 13 o 14. Eso no tiene nada que ver porque Menocal[1] se arruinó en la ruleta de Montecarlo. La Habana me deslumbró como una mujer hermosa. Era mi Dulcinea, y para dama de tales merecimientos, era necesario que yo le rindiera un tributo grande y extraordinario. Por eso me dejé crecer el pelo y la barba. Y en la Acera del Louvre[2] me empezaron a llamar el Caballero de París. Expresé que no me gustaba que me llamaran Caballero de París y es mentira. Me gusta, pero no con el significado de yo ser aquel mosquetero tonto que se enamora de una reina y luego se dejó arrebatar por un tal Buckingham.

A mí no me hacen eso. Si me enamoro de una reina, la rapto inmediatamente y le ofrezco un reino nuevo. Yo soy una gran espada, un gran mosquetero, un gran señor de todos los señores. Está claro. Yo soy un auténtico, un legítimo Caballero de París, corsario con los hombres, galante con las damas, príncipe de la paz, divino emperador y rey del mundo.

He estado preso muchas veces en el Castillo del Príncipe[3] por delitos que son culpa de otros. El Castillo del Príncipe, que ahora es un museo, me han dicho… Delitos que yo nunca cometí. La fortaleza más grande del mundo era aquella. Era del antiguo Imperio Español…

Antes me cogía la policía, me llevaba al Castillo del Príncipe y me pelaban al rape a la fuerza. Allí no comía nada. Aquí no como pollo, pero allí no comía ni caldo gallego. Me llevaban por esas cosas de conspiración de uno y otro. Me decían: Usted habla y tenemos que tenerlo aquí. Usted es popular y también tenemos que tenerlo aquí. Eran políticos. Ellos hablaban con uno y uno no podía decir que no.

La Habana es muy parisina… Y antes del año 21 yo era ya Caballero de París. Ese nombre lo cogí de una novela francesa. Yo era mosquetero, corsario, Caballero de Lagardere y esa fama se conocía mucho aquí. Aquí se conoce mucho de París. Muchas personalidades cubanas fueron famosas allí como Marta Abreu y Rosalía Abreu[4]  de Santa Clara, que eran más famosas que cualquier dama de París.

Decían que yo era igual que D’Artagnan, aquel mosquetero célebre que inventó Alejandro Dumas. Pero eso era mentira. Y en cambio, yo era una verdad que andaba, gritaba y hasta comía. D’Artagnan era mosquetero y yo era rey. Yo era Dios, yo era el profeta de una nueva doctrina y una nueva religión que habría de redimir al mundo. Yo soy un Dios con capa, espada y pantalón de muselina; pero soy un Dios Cuando rezo, me rezo a mí mismo, para pedirme perdón por algo que yo no he cometido.

No se siga riendo. Usted será todo lo periodista que quiera, pero yo soy el príncipe de la paz. Sus carcajadas están ofendiendo la limpia imagen de Carlos III, bajo cuya estutua no se puede conversar irreverentemente. Míreme…, míreme… y ahora ríase como le de la gana. No me importa. Estos lápices que tengo aquí amarrados en mi cintura, son para escribirle a mis grandes fuerzas que están distribuidas en el mundo entero. Sus jefes me identifican por la punta de cada uno de estos creyones.

Estas revistas viejas, constituyen un archivo. Ahí, en ellas, están las citas históricas que son el manjar con que me alimento. Este reloj amarillo me lo encontré en la calle. Me lo debe hacer arrojado un santo del cielo para que yo nunca sepa la hora en que vivo. Y este pantalón y esta capa son de legítima muselina azul. Los dioses solo visten muselina azul.

Yo desayuno, almuerzo y como todos los días. Hay partidarios de mi doctrina que se preocupan de estos menesteres. Yo nunca pido limosnas. Yo no imploro la caridad. Los dioses no se arrodillan. Tampoco fumo, no bebo, carezco de vicios. Soy un hombre que sólo se da baños de sol. El sol alimenta mucho. Si los políticos aprendieran a alimentarse con baños de sol, los dineros de Cuba estarían salvados.

¿Que dónde duermo? Duermo en mi divino castillo, que es esta iglesia hermosa que se ve desde aquí y que se llama del Sagrado Corazón… Me quieren, me respetan y me prodigan muchas atenciones.

No me lo recuerde… No me recuerde aquel momento terrible. Me afeitaron, me pelaron, me bañaron. Si llego a tener diez cañones. La Habana es bombardeada ese día. Fue un gran sacrilegio.

Todo empezó porque Pepito Izquierdo[5], cuando era el caudillo de La Habana, le cogió celos a mi figura. Andaba por medio una dama que me prodigaba el encanto de sus mejores sonrisas. Entonces Pepito Izquierdo me mandó a secuestrar, me tuvo diez días encerrado a pan y agua y luego me impuso un armisticio leonino. Tuve que firmar la paz. Y entonces él me regaló una muselina nueva y una condecoración reluciente de cromo-níquel de los mayores quilates. Pero me prohibió terminantemente pasearme por la Acera de Louvre.

Cuando cayeron los Pepitos y los Machados[6], entonces la gente nueva me mandó a secuestrar, diciendo que yo era del antiguo régimen. Calcule usted. Yo, que soy un régimen en mí mismo, acusado de traicionar mi sagrada causa, para pertenecer a otro régimen. Fue espantoso. Me pegaron, me maltrataron y como colmo de todos los colmos, hasta me pelaron y me afeitaron. Ese hecho no lo olvidaré nunca. Cuando mis ejércitos condales invadan a Cuba, todos ellos serán ajusticiados. A los dioses no se les ofende.

Cuba debe convertirse en monarquía y nombrar como Rey a Carlos Prío[7]. AL viejo Grau[8] lo haces Príncipe de la Palma o algo por el estilo, para que no se enoje. Esa sería la solución de todos nuestros problemas. Yo, como rey, Papa y Príncipe de América, sería consejero real en la monarquía criolla… Mis ejércitos estarían así a la disposición del país: los del mediodía, los del atardecer, los de la medianoche, los del alba. En caso de guerra yo impondría la paz; porque puedo intervenir en todos los asuntos de Cuba y del mundo. ¿No sabe que puedo comunicarme cuando lo desee, con los más grandes estadistas del planeta?

Acabo de dirigirle una carta al Papa para que le den una condecoración a Prío. San Ignacio de Loyola, tan corretón de joven y tan purificado de viejo, es una figura cuyas condecoraciones son muy simbólicas. Prío experimentará un gran placer al recibirla. Igual que Aureliano[9], que un día me miró de reojo al pasara en una máquina. Iba con un flaco muy feo que me gusta mucho. Creo que se llama Raúl Roa[10]. Un gran muchacho que debe venir a mi partido para que las píldoras milagrosas que yo he inventado le den las cuarenta libras que le faltan.

El juez Bringuier[11] se equivocó. Creyó que yo alteraba el orden. Soy un noble y no me dedico a esos menesteres. Estoy redactando una proclama para mis Ejércitos Condales. Mire lo que dice: “Dedicado al Rey de Cuba, Libre Apóstol Cubano Auténtico. Viva Cuba Feliz, Don José Martí con el Rey Carlos Prío Socarrás.

No habrá guerra porque mis Ejércitos Condales evitarán la catástrofe. Hay que arreglar el mundo, tengo un plan para mejor el Viejo Continente. ¡Mueran los traidores!

¡Ah, amigo! Fue un momento solmene, investido con todos mis atributos entregué al coronel Caramés[12] la Gran Cruz de los Ejércitos Imperiales y Condales del Universo para el Rey Carlos Prío. Es un gesto que hay que agradecerme.

Yo soy un hombre que me he sobrevivido. No pertenezco a la época del automóvil y de las guaguas[13]. Yo debí haber muerto en la última diligencia, antes de que el petróleo y las vitaminas alfabéticas inundaran el mundo… Pero ya que mi sino es brujulear sobre estas calles asfaltadas y permitir que el público me interrogue sin presentación previa, estoy a su disposición.

¿Usted quiere saber cuál ha sido el cuarto de hora más grave de mi vida? Su pregunta es impertinente; pero si usted no fuera impertinente, no sería periodista agudo. Debería usted saber que las llagas de mi espíritu no se enseñan al recién llegado. Mi tragedia íntima no pertenece a nadie más que a mí. Empero, quiero ayudarle en su pretensión de hurgar en los recovecos de mi alma; pues presiento en usted un enemigo del nazismo.

Desde que los alemanes entraron en París, mi vida ha sido un martirio. A partir de ese momento vivo en plena tragedia. ¿Usted quiere saber mi cuarto de hora más grave? Sepa: pues, que todas mis horas, incluyendo mis cuartos, son terribles para mí, desde la caída de Francia. Si puedo seguir viviendo, arrastrando mi infortunio por las calles de La Habana, es por la esperanza de que muy pronto he de verla liberada. Entonces seré feliz, como lo era antaño, cuando el muro del Malecón servía de minarete a mi mirada plácida, perdida en el azul.

Claro que me mudé de mis hermosos predios de la calle Prado. Tuve que trasladar mi reino para esta avenida de Carlos III. La causa todos la saben. Ya la prensa lo ha publicado. Querían que yo rescatase a Chibás[14]. Deseaban que yo mandase a buscar a mis mosqueteros de Bélgica, a mis suizos de Holanda, a mis belgas de Dinamarca y  a mis corsarios argentinos de Washington para organizar la santa cruzada del rescate de Chibás. Pero eso era imposible. Las compañías de aviación me negaron pasaje para tanta gente. Un tal López Porta, de Prado y Trocadero, llamó a un policía y me amenazaron con ir a hacerle compañía a Chibás. Por eso renuncié a la epopeya. Chibás era capaz de quitarme mi capa, mis condecoraciones y hasta mi propia historia. Él también aspiraba al cargo de príncipe de la paz y rey del mundo.

No… no soy ortodoxo. Lejos de pertenecer al partido de Chibás, es él el que pertenece a mi partido. Por eso yo le escribí a Franco, para que le diera a Grau San Martín el título de Duque de Avilés, que corresponde a Asturias. Pero la familia de Grau se opuso. Creo que hasta lo dijeron por radio. Yo no desespero de ver a Grau ingresando en mi partido y usando esta hermosa y augusta vestimenta. Pero jamás podrá usar la muselina azul. Él tendrá que usar gabardina negra.

Prío no debe jugar a billar. Los tacos mexicanos dicen que hacen daño. Su hermano Antonio aspira a Alcalde. Me pidieron el voto; pero yo no se lo daré. La familia debe quedarse en la casa. Mi otro espíritu me comunicó anoche que Antonio no será alcalde; sino senador. Yo para eso sí lo pienso ayudar con los cotos de mis alabarderos.

Simbólicamente soy rey y Papa del mundo. Puedo, por tanto, decir lo que desee. Como rey, pues, os hago una recomendación a vosotros los cubanos, si queréis quitarnos a Chibás, nombradlo Príncipe de Mayajigua y se sentirá contento. El micrófono será su escudo.

Sí, claro… Y debí se periodista. Pero los príncipes valen más. Una vez pasé por Bohemia[15]; pero Quevedo[16] no estaba; sino un portero atrevido que me miró como si yo fuera un fenómeno. A Humberto Rubio lo conozco y sé que alguna vez ha contribuido a mis fondos reales. Lo mismo que Mario Marsens[17], que una vez me envió una corbata y yo se la remití con caja y todo a Ramón Vasconcelos[18]. Luego me enteré que no se la entregaron. Ramón también es de París. Escribe como francés legítimo. Yo estoy esperando una crónica sobre mi personalidad de rey de mundo.

¡Este es el Parísino terrenal! Mi quinta de recreo. Fidel, Raúl, Ordaz[19], MINFAR[20]. A ellos les agradezco todo esto. Tengo 88 años. Ninguno de ustedes va a durar tanto. Me siento bastante bien. Esto es de lo mejor, de lo mejor que se ve. Tengo un poco de hernia pero no me duele.

Yo andaba por 12 y 23[21] y me trajeron. El capitán de 12 y 23 llamó al doctor Ordaz. Yo no quería venir, pero ahora yo no quiero salir, no quiero irme de aquí. El Comandante en Jefe. No quiero volver a 12 y 23 por nada. Fidel pasaba por ahí en una máquina. Alfredo Guevara[22] me saludaba algunas veces, el fabricante del cine. Dile que ando por aquí ahora.

La capa ya no me hace falta. Las capas han pasado a la historia. Me siento bien con este vestido, que tiene el nombre de Juan Manuel Márquez[23]. Estoy orgulloso de llevarlo porque lo conocí y fue mi amigo.

La melena no quiero que me la corten porque es un recuerdo, para que la pongan en un museo cuando me muera y todos la sigan viendo. La gente me veía la melena y me la halaban y comentan cada cual a su manera. Si me la cortan yo sería un loco más.

Quiero que le digan al pueblo de Cuba que ayude en lo que pueda, que hace falta para salir bien de todos los problemas que hay en la tierra.

Me hago la idea que tengo quinta de recreo. Yo no la quería, pero vino, así que viva todo lo que venga bien con eso y me la dieron y todo.

Por el día recorro mi quinta de recreo, doy la vuelta por ahí. Veo los problemas, pero no conviene hacer nada porque hay otros para hacerlo. He conocido a muchas personas famosas. ¡Hasta Caruso! Le pusieron tres petardos en el servicio privado del Palacio de España… Cobraba muy caro las entradas y le pusieron eso como previo aviso.

Aquí como muchas frutas, naranjas y aguacate. Las cosas de animal muerto no me gustan.


[1] Marío García Menocal.- Presidente conservador de Cuba durante los años de la Primera Guerra Mundial.

[2] Acera del Louvre.- Nombre de un café que se ubicaba en el casco histórico de La Habana y espacio muy frecuentado por la burguesía cubana de la época.

[3] Castillo del Príncipe.- Fortaleza levantada al final de la Avenida Salvador Allende. En la época antes del Triunfo de la Revolución fue una cárcel, hoy convertida en museo.

[4] Marta y Rosalía Abreu.- Hermanas de abolengo que hicieron varias actividades filántropas durante la primera mitad del siglo XIX.

[5] Pedro Izquierdo.- Alcalde de La Habana durante la dictadura de Gerardo Machado (1925-1930)

[6] Gerardo Machado.- Dictador cubano declarado presidente legalmente en 1925 que luego se adjudicó innumerables poderes mediante una fuerte represión contra obreros que generó un prolongado baño de sangre.

[7] Carlos Prío.- Presidente de Cuba entre el 1948 y el 1952, miembro del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico). Tras su mandato vino el Golpe de Estado llevado a cabo por el general Fulengio Bastista, dictador derrocado en 1959.

[8] Ramón Grau.- Presidente de Cuba entre 1944 y 1948.

[9] Aureliano Sánchez.- Miembro de la Izquierda Estudiantil que luchó contra Gerardo Machado. En los cuarenta fue ministro de Educación y posteriormente fundó la Triple A (Asociación de Amigos de Aureliano).

[10] Raúl Roa.- Dirigente estudiantil de izquierda durante la dictadura de Machado que posteriormente fue ministro de Relaciones Exteriores tras el Triunfo de la Revolución.

[11] Julio Bringuier.- Magistrado que envió al Caballero de París al Hospital de Dementes de Cuba.

[12] Coronel Caramés.- Jefe de la policía del gobierno de Carlos Prío.

[13] Guagua.- Nombre que se le da en Cuba a los ómnibus de transporte público (micros o colectivos en otros países latinoamericanos).

[14] Eduardo Chibás.- Candidato a la presidencia de Cuba del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), movimiento al cual perteneció Fidel Castro.

[15] Bohemia.- Revista cubana que existe desde 1908 hasta el presente.

[16] Miguel Ángel Quevedo.- Propietario y director de Bohemia.

[17] Humberto Rubio y Mario Marsens.- Propietarios de medios sensacionalistas de la época.

[18] Ramón Vasconcelos.- Destacado periodista cubano de mitad del siglo XX.

[19] Bernabé Ordaz.- Comandante del Ejército Rebelde y que tras el Triunfo de la Revolución fue nombrado director del Hospital Psiquiátrico de La Habana.

[20] MINFAR.- Siglas del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba.

[21] 12 y 23.- Esquina céntrica de La Habana.

[22] Alfredo Guevara.- Intelectual cubano uno de los fundadores del Instituto Cubano de Industrias Cinematográficas (ICAIC) y del Festival de Cine de La Habana.

[23] Juan Manuel Márquez.- Segundo líder del Movimiento 26 de Julio en el exilio en México. El Caballero de París se refiere a la bata entregada en el Hospital Psiquiátrico, centro médico de nombre homónimo.

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