Carta a Manuel Mercado (José Martí)

Martí

Voy a la mitad del libro “De Martí a Fidel, La Revolución Cubana y América latina” del historiador brasileño Luiz Alberto Moniz Bandeira y es evidente la vigencia que tiene la carta de nuestro apóstol, José Martí, escrita hace casi 119 años, el 18 de mayo de 1895, un día antes de que una bala española lo hiriera de muerte en Dos Ríos. 

La pretensión de los gobiernos de Estados Unidos, su prepotencia y aquella megalomanía de autodesignarse “el pueblo elegido por Dios”, han impulsado las más atroces barbaries que ha sufrido la humanidad. La bandera de la democracia y la llamada “american liberty”, se han impuesto a base de explosiones, preñando la tierra de sangre amable, derramada tras una lluvia de balas percutadas por los marines del norte.

Más allá de la repetida retorica antiimperialista, es evidente la intención de los Estados Unidos hasta nuestros días de adjudicarse el rol de árbitro y velador de un modelo democrático y libremercadista a su semejanza en el mundo. Desde la ocupación de los territorios mejicanos, hasta la intervención militar en Libia y las ansias de caer sobre Siria e Irán, demuestran una constancia en la política imperial de los Estados Unidos, país que en su afán de poder no han escatimado en consecuencias o generar una sociedad de control y vigilancia en su propia tierra, lo más parecido a las descripciones de los mundos orwellianos, a la vez que su gobierno democrático criticaba con descaro hasta ayer la política de vigilancia y espionaje en los países del extinto bloque socialista y poniendo repetidamente el ejemplo de la Stasi en la República Democrática Alemana.

Pero Estados Unidos es un país poblado de gente noble, de negros locos que revolotearon sin estructuras lógicas en Nuevo Orleans las notas musicales y que poco lo importaba ser franceses, ingleses o estadounidenses si los acordes del blues se colaron las fronteras sin pasar por migración y sin necesidad de pasaporte. Ese país del norte ha engendrado la poesía de Whitman y el misterio de letras tan caudalosas como el río Misisipi.

Esa belleza contrasta a la vez con las intensiones poco nobles de sus gobiernos: de la política Monroe; de la usurpación al territorio México; del asesinato a manos del macarthismo de los Rosenberg; de las persecuciones, de las invasiones; de las bombas de napalm en Vietnam, Laos y Camboya; de los paracaidistas en Granada; de los marines en República Dominicana; del intervención en Guatemala; de la ocupación del Canal de Panamá; el financiamiento y planificación de golpes de Estado y dictaduras en toda América latina; del asesinato a miles en Nicaragua, El Salvador y Honduras; del bombardeo a las escuelas en Kosovo; el plan Colombia; las torturas en Abu Ghraid y la base naval de Guantánamo a inocentes “no combatientes, que se encontraban en lugar equivocado, en el momento equivocado” según declaró en mayo de 2003 el secretario de Defensa Donald Rumsfeld; el asedio y envío de tropas (tan sólo la última década) hacia Afganistán, Irak, Pakistán, Yemen, Haití, el Golfo Pérsico, la Península de Corea y Libia.

Martí escribió un día antes de su muerte, una carta inconclusa, que he leído mil veces, pero que es preciso releer. Hoy la comparto con un sentimiento profundamente latinoamericano y a pesar de la impotencia que me genera la política estadounidense, la comparto también para su pueblo, que no es culpable de la megalomanía de sus gobiernos (hasta podríamos decir que cada vez menos participan a la hora de escoger “democráticamente” al representante de esa dictadura bipartidista). Comparto esta carta para que la lean en Europa también y mis amigos allá, en el viejo continente piensen, crean y tengan la certeza de que pueden “sognare una libertà diversa da quella americana“.

Carta inconclusa de José Martí a Manuel Mercado

Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895.

Sr. Manuel Mercado.

Mi hermano queridísimo: Ya puedo escribir; ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía, y mi orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber-puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo-de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias pª alcanzar sobre ellas el fin. Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos,-como ese de Vd., y mío,-más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino, que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal q. los desprecia,-les habrían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato y de ellos. Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas;-y mi honda es la de David. Ahora mismo; pocos días hace, al pie de la victoria con que los cubanos saludaron nuestra salida libre de las sierras en que anduvimos los seis hombres de la expedición catorce días, el corresponsal del Herald, q. me sacó de la hamaca en mi rancho, me habla de la actividad anexionista, menos temible por la poca realidad de los aspirantes, de la especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta sólo de que haya un amo, yankee o español, que les mantenga, o les cree, en premio de su oficio de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante,-la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,-la masa inteligente y creadora de blancos y negros. Y de más me habla el corresponsal del Herald; Eugenio Bryson:–de un Sindicato yankee,-que no será,-con garantía de las Aduanas, harto empeñadas con los rapaces bancos españoles pª q. quede asidero a los del Norte,-incapacitado afortunadamente, por su entrabada y compleja constitución política, para emprender o apoyar la idea como obra de gobierno . Y de más me habló Bryson,-aunque la certeza de la conversación q. me refería, sólo la puede comprender quien conozca de cerca el brío con que hemos levantado la revolución,-el desorden, desgano y mala paga del ejército novicio español,-y la incapacidad de España pª allegar, en Cuba o afuera, los recursos contra la guerra q. en la vez anterior sólo sacó de Cuba:-Bryson me contó su conversación con Martínez Campos , al fin de la cual le dio a entender este q. sin duda, llegada la hora, España preferiría entenderse con los E. Unidos a rendir la Isla a los cubanos:-Y aún me habló Bryson más: de un conocido nuestro, y de lo q. en el Norte se le cuida, como candidato de los Estados Unidos, pª cdo. el actual presidente desaparezca, a la presidencia de México. Por acá, yo hago mi deber. La guerra de Cuba, realidad superior a los vagos y dispersos deseos de los cubanos y españoles anexionistas a que sólo daría relativo poder su alianza con el gobierno de España, ha venido a su hora en América, para evitar, aún contra el empleo franco de todas esas fuerzas, la anexión de Cuba a los Estados Unidos, que jamás la aceptarán de un país en guerra, ni pueden contraer, puesto que la guerra no aceptará la anexión, el compromiso odioso y absurdo de abatir por su cuenta y con sus armas una guerra de independencia americana. -Y México-¿no hallará modo sagaz, efectivo e inmediato, de auxiliar, a tiempo, a quien lo defiende? Sí lo hallará,-o yo se lo hallaré. Esto es muerte o vida, y no cabe errar. El modo discreto es lo único que se ha de ver. Ya lo habría hallado y propuesto. Pero he de tener más autoridad en mí, o de saber quien la tiene, antes de obrar o aconsejar. Acabo de llegar. Puede aún tardar dos meses, si ha de ser real y estable, la constitución de nuestro gobierno, útil y sencillo. Nuestra alma es una, y la sé, y la voluntad del país; pº estas cosas son siempre obra de la relación, momento y acomodos. Con la representación que tengo, no quiero hacer nada que parezca extensión caprichosa de ella. Llegué, con el General Máximo Gómez y cuatro más, en un bote, en que llevé el remo de proa bajo el temporal, a una pedrera desconocida de nuestras playas; cargué, catorce días, a pie por espinas y alturas, mi morral y mi rifle,-alzamos gente a nuestro paso; siento en las benevolencia de las almas la raíz de este cariño mío a la pena del hombre y a la justicia de remediarla; los campos son nuestros sin disputa, a tal punto que en un mes sólo he podido oír un fuego; y a las puertas de las ciudades, o ganamos una victoria, o pasamos revista, ante entusiasmo parecido al fuego religioso, a tres mil armas; seguimos camino, al centro de la Isla, a deponer yo, ante la revolución que he hecho alzar, la autoridad que la emigración me dio, y se acató adentro, y debe renovar, conforme a su estado nuevo, una asamblea de delegados del pueblo cubano visible, de los revolucionarios en armas. La revolución desea plena libertad en el ejército, sin las trabas q. antes le opuso una Cámara sin sanción real, o la suspicacia de una juventud celosa de su republicanismo, o los celos, y temores de excesiva prominencia futura, de un caudillo puntilloso o previsor; pero quiere la revolución a la vez sucinta y respetable representación republicana,-la misma alma de humanidad y decoro, llena del anhelo de la dignidad individual, en la representación de la república, que la empuja y mantiene en la guerra a los revolucionarios. Por mí, entiendo que no se puede guiar a un pueblo contra el alma que lo mueve, o sin ella, y sé cómo se encienden los corazones, y cómo se aprovecha para el revuelo incesante y la cometida el estado fogoso y satisfecho de los corazones. Pero en cuanto a formas, caben muchas ideas: y las cosas de hombres, hombres con quienes las hacen. Me conoce. En mí, sólo defenderé lo que tenga yo por garantía o servicio de la revolución. Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad.-Y en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros.

Y ahora, puesto delante lo de interés público, le hablaré de mí, ya que sólo la emoción de este deber pudo alzar de la muerte apetecida al hombre que, ahora que Nájera no vive donde se le vea, mejor lo conoce, y acaricia como un tesoro en su corazón la amistad con que Vd. lo enorgullece. Ya sé sus regaños, callados, después de mi viaje. ¡Y tanto q. le dimos, de toda nuestra alma, y callado él¡ ¡Qué engaño es esta y qué alma tan encallecida la suya, que el tributo y la honra de nuestro afecto no ha podido hacerle escribir una carta más sobre el papel de carta y de periódico que llena al día¡ Hay efectos de tan delicada honestidad,

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