Liberadalear

Bici

El camino es hermoso. El movimiento de mis piernas al pedalear se vuelve autónomo a mi tórax y a mis ojos. Puedo volar, puedo soltar el volante, los frenos y aletear cuando acaba la cuesta y comienza la pendiente. Las ruedas de la bicicleta dibujan una línea infinita en el camino, una línea que es totalmente única, original.
A veces tengo miedo, y no de un accidente. Tengo miedo de alejarme mucho de los hospitales, de mi familia, de la actividad maquinaria que me da lágrimas de metal que yo siempre intercambio por pan y boberías superfluas. Temo perderme entre los árboles que me lanzan nudos hasta la berma, tengo miedo de enredarme en ellos y hallar la muerte a solas en el bosque. Pero a la vez, me parece tan absurdo quedarme o volver al mismo punto, como si la ciudad me hubiera puesto -como a un animal-, una cadena apretada al cuello y amarrada a una columna inmóvil en un lugar minúsculo del mapa.

El viento es el aliento que me empuja a las estrellas y los gritos de la noche que se encaraman en mi espalda, aumentando el esfuerzo que hago en la contracción muscular. El viento es un lenguaje que se oye, un lenguaje distinto que se materializa en ideas y tacto a la vez, el viento es una canción al pedalear.
Mi cerebro es una máquina de imágenes que captura y dispara miles de fotografías por segundo. Las ruedas de la bicicleta a veces juegan con las rayas blancas que dibujan la frontera de la calzada, las ruedas giran por la pista y se confunden con delirio. Mis ojos se achican cuando pienso en otra ruta, mi pecho se encoge y el camino automáticamente se extiende doloroso cuando aparece la imagen de algún ser que ya no está en al ciudad o en el bosque o al final del camino. La carretera es un cuerpo abandonado, una espalda extendida en la cama, una corporeidad desvanecida y sorda que ha muerto. Los pedales comienzan a arder cuando el recuerdo vivo se extiende y el mar cae al vacío y desaparece. Cuando ocurre aquello, la pista se llena de baches, la gelidez atraviesa la carne como cuchillo, la cadena oxidada suena fuerte cual taladro, la postura se encorva y la bicicleta tambalea.
Cuando la tristeza se apodera de todo y se impone, aparentemente, como una dictadura, el sol hace su entrada y la tierra es tomada como espejo.  Primero refleja entre las montañas su cabellos bermejos e incendia de sangre las flores y el cielo, un fluido que pulula por un rato y se aliviana hasta el celeste. En el momento en que este fenómeno irrumpe, el corazón deja escapar carcajadas hacia las venas y el diástole se demora un poco más de lo habitual. Todo es más bello, incluso los miedos se van quemando. A las imágenes negativas les aparece el color y se transforman en un diamante al cual es preciso atesorar en la memoria. Pero el sol no se queda yerto frente al espejo, el astro danza y se hace dueño e impone su rostro en todo el suelo, danza y da una vuelta de carnero espectacular sobre mi espalda al pedalear.
Sudo, pero siento cosquillas. El sol riega de vitaminas el pavimento y yo comienzo a derretirme, pero soy feliz.

Tengo miedo a que el eje se vuelva a quebrar; que la llanta trasera decida abandonarme y lanzarse fuera de la carretera. Temo volver a repetir el pretexto inicial de este testimonio y mencionar cada uno de mis pánicos.
El eje esta quebrado, pero no se soltó. Aguantó mi peso, mis sueños, mi dolor hasta Valparaíso. Desarmé la bicicleta y el eje decidió mostrarme que estaba deshecho. Me tiznó las manos y se desplomó en el asfalto.

Hoy el eje está repuesto, los rodamientos engrasados. La bicicleta está en el pasillo de mi casa, en la ciudad, pero veo que me dice “entre ruedas”, que ha llegado la hora de mimetizar de nuevo mis piernas con los pedales, el tiempo ideal para liberadalear nuevos caminos.

Mauricio Leandro

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