El túnel

"Il pittore e la modella" Gustave Klimt
“Il pittore e la modella” Gustave Klimt

Una lagartija pegada en la pared. Una minúscula lagartija me miró fijamente a los ojos y me dijo, sin decir nada, algo sobre una fiesta.
Se me volaron los ojos en un segundo. Vi a través de mi nuca la llegada de cada uno de los personajes que entraban a la casona. Habían muertos, fantasmas que se atravesaban sin necesidad (no había tanta gente amontonada en la entrada).
Yo me levanté de mi pose inútil, pero yerto se quedó mi cuerpo y mis ojos encandilados en la lagartijilla. Me alejé de aquel hombre que pretendía ser yo y paseé por la casona abriendo todas las puertas.
Vi en un camarote de dos plazas, un pequeño rastro de condón que sumergía de debajo de una almohada, queriendo respirar.
Habría todas las puertas: la del baño, la de la cocina y la de otro cuarto que me llevó a ella.

Estaba tirada con la cabeza y los ojos clavados en otra lagartija. Su boca tiritaba sonrisas. Sus ojos daban vueltas como los míos, ella podía ver también a través de su nuca.
Tenía las piernas semi abiertas, y su minifalda dejaban ver claramente una seda blanca como un punto de fuga, que era más bien una luz y su cuerpo un túnel. Tiritaban también sus muslos, pero no los cerraba, dejaba libre aquella luminocidad. Yo me arrodillé frente a su carne echada, yo o aquel ser desprendido de mi quietud, de mi corporeidad. Le besé las rodillas mientras escuchaba risas y risas, un coro de ninfa carcajada adolescente.
Oí su respiración y el golpe de sus párpados al caer. Vinieron a mi espalda letras que dibujó su lengua, letras sueltas que unidas decían: “mis quince años son para ti, mi boca, mis piernas y todo lo que aguardo fuera y dentro esta coraza”. Luego dibujó alguna estupidez, dijo el cuento que le insinuó la lagartija, pero abrió más el túnel y sentí como aquella luz me absorbió. Empiné mis labios para besarla tiernamente, pero fui tragado.
Cuando recobré la consciencia de aquel viaje atiborrado, me hallé lloviznado de sudor, recorriendo, resbalando sobre su diminuto cuerpo como en un jardín. Éramos unos niños jugando sobre nuestra desnudez; ella era, para todos, una niña de verdad, yo era un impostor. Pero no importaba nada, no hallarían pruebas jamás, sabía donde había dejado mi cuerpo: en una cama contemplando a una lagartija con la que intercambiábamos miradas y decires.

Ella entró a la fiesta, cuando aún no había empezado y me habló de que deseaba ser mía, me lo dijo así de golpe. Me cagué de miedo por los prejuicios y desvié el tema con la distracción alada de un viaje que no llegó a ningún aeropuerto. El vuelo quedó sempiternamente flotando en el deseo de desvanecerme en la luz que proyectó para mí.

Mauricio Leandro

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Un comentario en “El túnel”

  1. Tarde, pero igual lo leí.  

    No recuerdo bien, pero hay alguien que escribe como lo estas haciendo tú. No sé si es Coloane o alguien parecido. Pero me gusta el ejercicio de la creación e imaginación con que lo haces.

    P.    

    Mauricio Osorio

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