Pirouette

Natalya Ledovskaya

Una mujer señala a las estrellas con una pierna; la otra pierna sirve de eje para su estructura liviana. La mujer da vuelvas y vueltas eternamente sobre una línea que va del centro de la tierra a algún rincón perdido del cosmos. Ella gira en una pirouette que lleva como impulso un movimiento indescriptible de tobillo y pie, que parece empujarse o aletear en ese hipnótico espacio de aire.

Una mujer mira fugazmente a un hombre en una silla. Una mirada tan efímera como la vida se halla en medio de un teatro. La mujer piensa en el hombre mientras sigue girando y escucha intermitentemente aplausos y ovaciones. La música de Tchaikovsky se oye como un trueno y enmudece al instante. Ella hace una reverencia al público, corre trémula tras las bambalinas, pero con ágiles movimientos oculares busca un rostro en el público.

Sale raudo un bailarín y pega un salto animal al centro de la escena. La mujer ligera, tibia, palpitante, contempla a su compañero desde un abismo sombrío y de soslayo sigue buscando aquel rostro en el público.

Una sonrisa se pierde en el asombro y la mujer la atrapa en el bosque sereno de su iris. Tiene que cambiarse, no hay tiempo para el destiempo. Polvos, maquillaje, colores artificiales para realzar los gestos, vestido preciso para doblarse, contraerse, quebrarse, danzar.

Cae una lluvia de aplausos sobre el último pax de deux. Baja la luz, todo queda en silencio, encienden un tono y una mujer, que intenta ya no ser la misma, sale y baila decidida a tallar una sinfonía que sin lenguaje verbal pareciera decir: “he hallado tu sonrisa, ahora está en mí”. Nadie se da cuenta. El rostro de un hombre tampoco, pero sospecha.

Un hombre prende un cigarro en el centro de la ciudad. Mira de noche las puertas del teatro cerradas, el silencio de un espacio abandonado por el tropel. Piensa que puede seguir su camino, llegar a su casa, darle un beso a la foto de su madre. El hombre puede pensar en mañana y en su armario buscar un traje, puede acordarse del teatro e incluso ir más atrás y acariciar las memorias de alguna promesa no cumplida, reírse ridículamente y seguir organizando la vida que vendrá. El hombre piensa en que es necesario trabajar hoy para mañana amortiguar los días en que aparezcan las canas.

Otro hombre, que pretende ya no ser el mismo, susurra que es hora de volver a los días donde hasta la más mínima mirada o sonrisa atrapada, merecían ser rescatadas.

Un niño que también habita en aquella armadura, grita a todo pulmón que una mujer que gira y gira se ha convertido en su nueva madre.

El camino seguro está lleno de infelicidad, es como una ciudad donde el hospital y los bomberos están cerca, pero en la que se repiten y repiten los movimientos. Una ruta que se toma desde el impulso impredecible se parece al espacio infinito que está en la pampa, un cementerio abierto de mariposas que nos pueden regalar como destino un accidente fatal o el beso más misterioso que se halla escondido en los labios de un cisne. Tarareemos pues el dilema.

Mauricio Leandro

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Un comentario en “Pirouette”

  1. Interesante. Sigue escribiendo y termina los otros cuentos para ponerle fecha al libro.   Te quiero.

    P.     Mauricio Osorio

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