Apareció en Hollywood

Maria Winberg

Sus pies o patas, son frijoles que germinan al final de sus alargadas extremidades inferiores. Tiene el cuello largo como cisne y sale 14 segundos en una película estadounidense.

En la breve aparición hollywoodense no se divisa mucho la descripción que hago, pero Internet me mostró varias ventanas de su cuerpo. Además, y esto espero quede guardado en usted amable lector, ella estuvo conmigo hace una noche, haciéndose la interesada en un film, mirándome de reojo mientras yo caía en el sueño que esquivó mi calle la madrugada anterior.

Maria Winberg no se llama Maria Winberg, se llama Carolina Maria Winberg; es una modelo y actriz sueca de 28 años que se interpretó a ella misma en una película de ficción.

También Maria Winberg no se llama Maria Winberg, se llama Marie, o Marí o Mara a lo mejor; es hija de un sueco, estudiante, cantante y toca el acordeón como si desafiara al león en un circo a la salida de un monstruo que escupe gente.

Es bella Maria Winberg. A veces me quiere, otras más no me conoce ni sabe dónde queda Chile. Yo la he sentido cantar a mi lado, quemándome las cuerdas, calefaccionándome el oído, tendiéndome en una alfombra voladora. La he imaginado esnifando trenes, carros de carrera a través de tubos que no valen nada, que no compran nada. Ella me ha besado, ha dejado tendidos sus labios para que los muerda con ansiedad, les ha echado pimienta y canela para que se los arranque con deleite. La he visto en la portada del diario y siendo nombrada por Robert De Niro. Ha conversado conmigo frente a frente, por Internet, por notas, cartas, advertencias, en sueños, mientras no soñaba, del baño a la cocina, de la cocina al baño, en bicicleta, en un tren al sur, en un camión que casi se vuelca en la cordillera de Los Andes, junto al viejito de la película Up, debajo del asfalto. Sé que morirá sin conocerme, sin decirme hel, älska mig.

Jamás pensé que una belleza de su estampa pudiera fijarse en mis botas sucias, en mis cordones desatados. Beldad como ella suele andar con la realeza y no con este vástago del pueblo, que sólo podrá brindarle un paseo selvático en una barca menesterosa. Ha decidido amarme y yo he correspondido, confuso (guárdeme pues esta otra confesión con complicidad), pues soy feliz de sentirla a mi lado, pero no sé si ella accederá cuando abra la puerta de la incertidumbre.

Así es su vida, su nombre, nuestro amor. No sé qué le deparará el teatro, el cine o la estación, no me importa. Por estos días alza un puente hermoso, que aleja el frío y promete un verano insular para los dos. Con eso soy feliz.

 Mauricio Leandro

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