Córdoba

Córdoba

A Osvaldo, a Juan y a Belén que no la vi

Argentina es una paloma acostada en cuyo centro late Córdoba. Un corazoncito del que se ramifican venas y arterias; caminos y rutas por toda la pampa. Parece una urbe como otra cualquiera, llena de leucocitos y bombazos, pero no es sólo aquello.

Sus piernas son duras y firmes y camina con la mirada altiva y humilde a la vez (como las guajiritas). No existen dudas para el beso furtivo o la mirada cómplice, no existe la noche y su final, sólo el sol y la continuación.

En Córdoba la zamba es otra cosa. A mí me suena a amigo, a cigarro, a risa, a mate. En esta ciudad todas las calles son musicales, pero no sólo por la zamba, sino por la melodía visual que flota al pasar.

Este centro es un paraíso abierto, quizás más perfecto que el que Dios reserva a los beatos del yeso.

A Córdoba se entra por todos lados, cualquier punto cardinal tiene una puerta, pero se vuelve tan difícil la ida, pues irse de Córdoba, si se llega a conocer, es abandonar una parte de uno mismo que siempre queda atorada en las manos, en el agua, en el fernet.

Mauricio Leandro

PD: Existen varios equipos de fútbol en Córdoba y claro que yo prefiero, como Silvio, “Talleres donde reparar alas de colibríes”.

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