Guanaco

Guanaco

En la dictadura de donde provengo no existen los guanacos. No sólo no hay aquellos animales altiplánicos, sino tampoco los autobuses esos que escupen agua sucia contra el pueblo y que por ende los chilenos le dicen guanaco también. En mi dictadura no hay fuerzas antimotines, ni gases lacrimógenos, ni cámaras por toda la ciudad, esas cosas son más bien características de las democracias.

Cuando llegué a Chile traje la mala suerte. A unas semanas de mi arribo murió el General…, sí Pinochet se partió.

Junto al pueblo fui a la Alameda a esa fiesta espontánea (no sé por qué, el tipo se murió sin pagar) y de pronto me vi entre champán y gritos que llamaban al Mefistófeles a que se fornicara a aquel señor (no sé si el diablo tendría tan mal gusto). El tema es que ese día conocí al “guanaco” y a su hermano el “zorrillo” que emana gases desde sus entrañas.

Estaba parado casi frente a La Moneda cuando de repente, el zorrillo llegó y nos inundó con su gas. Todos corrieron menos yo. Yo no sabía que aquel humo me asfixiaría, porque no sabía que era gas, pensé que era vapor y detrás de él saldrían los antimotines para reprimir a “los revoltosos”. No estaba haciendo nada, así que estoicamente me acerqué al bandejón central y traté de no infringir la ley. De pronto algo extraño empecé a sentir, una nueva sensación, jamás sentida en mi cuna dictatorial. Eso que sentía era el famoso (famoso por la noticias) gas lacrimógeno. Empecé a toser y a gritar “¡me muero, me muero!”. En un momento un chica solidaria me rescató, me llevó por una calle y me pasó un paquetico extraño con un contenido blanco. Yo le dije que no le hacía a eso…

Al llegar a mi casa le escribí a mi hermano Ariel que estaba en Cuba:

Herma: Aquí la cosa es del carajo, la policía reprime a la gente, le tira gases lacrimógenos y eso que no habíamos hecho nada. Vi como le pegaron a jóvenes y adultos, de madre! Pero sabes hermano, lo que más me entristeció es que la izquierda chilena ha sido coaptada por el sistema. Los jóvenes, para poder resistir la represión inhalan cocaína en las marchas y te convidan para que puedas mantenerte ante todo eso”.

Lo que yo no sabía es que lo que me ofrecieron esa vez no era unos gramos de cocaína, sino un algodón humedecido con amoníaco, para despejar aquel polvillo que te deja la represión. Ariel no vendrá nunca a Chile, pero no es el tema. Ayer me empaparon doblemente.

Luego de seis años en esta democracia, el agua del guanaco no me hace mella. Incluso estiré el cuello ayer para refrescarme cuando lanzaron el primer chorro. Lo que no sabía (otra vez perdido en el espacio), es que aquel guanaco, no era un viejo conocido, sino los estrenados carros lanza aguas preservadores de la libertad. El chorro fue perfecto, el piscinazo inminente, con bicicleta y todo fui al piso y quedé bañadísimo, como si me hubiera sumergido en el fondo del océano.

Pedaleé como pude y no porque estuviera enojado por el baño, sino porque un grupo de Fuerzas Especiales defensoras del derechos se abalanzaron sobre aquellos que usurpábamos el libre tránsito en la avenida principal de Santiago.

Huí. Me metí como ratoncillo por las calles. Me perdí por los paseos y hallé un premio, un consuelo que no esperé, que no merecí, pero llegó. Otro animal me tomó entre diestras y caí detenido. Yo no hice nada. Todo eso me pasa por no entender la democracia: te endeudas, te mojamos; te mojamos, te apresamos.

Casa central está tomada y mi libertad está encarcelada en aquellas diestras que ahora no me dejan dormir.

 Mauricio Leandro

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