Declaración de guerra

Declaración de guerra

Te estás desplomando. A medida que tu diminuto cuerpo cae sobre la vela, te deshaces en el aire. Subes en humo y haces tu nube y te quedas ahí en el cielo, sobre mi cabeza.

Aprovecharé tu estado frágil para enviarte mis últimos misiles, depositados elegantemente en las barrigas de los tubos que suelen sonar como “el órgano de Stalin”. Me queda una caja de balines, un peligroso objeto de cobre que podría matar a un gorila y algunos químicos con los que haré una poción mortífera.

Mis dientes son también un arma que podrían matarte de dolor. Tal vez envié a los agentes de inteligencia para que se infiltren en tu clase, te conquisten y en un beso de despedida te arranquen la lengua de una mordida, lengua que atesoraré en mi cuartel cual trofeo de guerra. Podría también penetrar en tu habitación con mi caballo de Troya, que no es más que mi humanidad arrepentida y al momento de fundirnos en la cama, en medio del enredo te estrangule con las sábanas o te ahogue con tu propia almohada. También sería hermoso besarte los senos y cuando mis labios rocen tu pezón derecho, en otra mordida potente, te dibuje en el pecho corazones con la sangre que fluye de ahí, con el líquido que te abandona, usándolo cual acuarela feliz.

Debo aprovechar esa fragilidad que te delata por todos lados y ponerte un río de canicas por los pasillos de la ciudad, para que ruedes, para que te vuelques, violentamente riegues por el pavimento tus ideas y tu cráneo herido desparrame las fotografías almacenadas en tu cabello.

Puedo aún colarme sin permiso en tus sueños y desnudarte y no tocarte, para que mueras hervida en tu propia humedad. Lo haría muerto de la risa, besando a tus muñecas, violándome las puertas de tu casa, destruyendo tus libros, tus hojas, quemando todo.

Cuando no quede de ti más que lo que eres, una triste loba semi-moribunda, podré irme.

Haré una fiesta con champán en mi habitación, con las luces que se encienden y se apagan, con las bocas que bajan y suben, con aquellos tsunamis que me ahogan y me contraen por un instante. Pero cuando la mañana aviste el próximo día, encenderé la alarma atómica. Bastará una palabra tuya, para que ningún bunker pueda protegerme de ese inminente holocausto.

 Mauricio Leandro

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