El monstruico

El monstruico

Agazapado en un rincón, por ahí andaba el desgraciado. Tenía un cuchillo en la mano y rasgaba la tripa sin detención o inmutación. Chupaba sangre en la pared. Su inconsciencia lo dominaba, enchufaba en mis arterías una aspiradora y desde la garganta rogaba succionar el mundo. Reía cuando quería, emitía rugidos de león mientras hacía el amor con la visita.

Por un tiempo estuvo dormido, tanto tiempo que pensé que estaba muerto, pero no, el mate lo calmó, lo enajenó como el opio al árabe. Más que nada estaba relajado, pero hace días el pequeño espacio dispuesto en mi despensa para la yerba, está vacío.

Yo escuché un recetario que murmuró mientras dormía una vez: -Lo que se necesita para el mate es yerba, matero, bombilla, termo, recipiente, agua caliente, pava, fuego, tiempo, lengua, gusto, ojos, manos, dedos, delicadeza, algo de destreza, un lugarcito, noche o día (a veces una mañana), un amigo o una piba.- Aunque lo susurró muy bajito, lo escuché claro. Yo estaba encerrado en mi dormitorio que es una gélida caja híperclausurada, todo se oye y me di cuenta de su obsesión por aquella bebida. Está desesperadísimo; me apuñala y me pide panes con jamón y queso como agua, porque no sabe qué hacer con sus ganas de matear.

Esta mañana coloqué seis gotas de amoníaco en un trozo de algodón. Pinté aquello con acuarela verde, lo eché en un sobrecito diluible y se lo mandé en una cápsula fénix que decía “pastilla de mate concentrado”. Parece que no es bobo; menos de un minuto bastó para que me lo restituyera. Claro que como aquel alevoso intento de asesinarlo no le gustó, me devolvió con la pastillita todo los víveres con los que lo había alimentado hasta esa hora. Sacó un machete (no sé de donde), me pegó fuerte en el estómago, amarró mis tripas y me dobló a la mitad. Con mis manos intenté tomarlo por el cuello, pero no lo hallaba, el vil engendro se escabullía muy bien. ¡Cobarde!

Horas después, sentí algo extraño. Estaba más tranquilo, no se movía, no pedía nada, no me conectaba la aspiradora en la garganta. A pesar de eso, de un momento a otro, una ola de espasmos dominó mi vientre. No estaba muerto, estaba asustado y algo herido. Buscaba en mis entrañas algún modo de escapar. Si se iba, que se fuera, por mí mejor, pero si se iba que lo hiciera con elegancia.

Nada, lo de esta tarde fue un juego. A esta hora está nuevamente con los cuchillos, con las mordidas, succionando mis paredes estomacales, tirando granadas ácidas exigiendo que le envíe algún pastel, un trozo de pollo o un simple pan con jamón. Sé que lo único que lo podría calmar, para que no joda, es el mate, pero no tengo. Llevo una hora tratando de doparlo con té sin conseguir que aquella sobredosis le haga efecto alguno.

No aguanto más. Si vuelve a pedirme comida, beberé un trago de cianuro.

 Mauricio Leandro

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