De la lluvia y la gravedad

De la lluvia y la gravedad

Una minúscula bola de agua explotó en mi nariz. A continuación un leve sonido comenzó a vibrar sobre mi techo, un sonido triste que percutía y cantaba.

No soy tan pobre. Tengo un refrigerador y una revista con 40 impresoras. A pesar de que mi casa es confortable, la lluvia se menea en mis tejas y de alguna u otra forma logra cubrirme.
El agua que besa la azotea de mi hogar, se pasea por el entretecho y allí recoge en su vientre el polvo que dejó el verano, se lleva en un río a los insectos, ahoga a mis compañeras y destruye sus telarañas. Luego, por si fuera poco, explota sobre mí, reclama mi atención.
-¿Toda la ciudad habla de la lluvia, de las inundaciones, menos vos?-. Me dijo la gota al despertar.
Asomé mi cabeza por la ventana y era cierto. Un llanto semi-vertical caía desde la cordillera hasta mi puerta.
En mi pecho permanece encendida la llama del amor furtivo. Tuve que ponerme en movimiento. Arreglé las tejas y limpié las canaletas. No permitiré que las nubes apaguen esta ilusión.
Quisiera olvidar todo, poner aquí mismo punto final, pero la coma, el punto aparte hacen de lo suyo. Detendría el tiempo en este instante de paz y juventud, pero giramos imantados a una pelotita minúscula que juega en el cosmos.

No soy tan pobre. He leído y cultivé mis memorias con millones de memorias pasadas. Mi cama parece una nave espacial, miles de vuelos han despegado en ella. He caído desde lo alto y también he estado “colgado de la luna”.
Floté anoche. Sentí el calor de una estrella que pasó por mi lado. La luz de sus ojos iluminó el lúgubre paisaje y enseguida salió la policía a imponer orden.
Cuando el vuelo frenético y perturbador nos asecho, algunos huyeron de aquel delirio, pero mi sed fue mayor. Permití que su meteora corporeidad cayera en mis manos. Pisé firme aquel suelo fangoso y dejé incendiarme por aquella luz, aquella fundición celestial.
La policía tuvo que enviar más carros lanza agua que lo habitual. Aquel siniestro consumió filosofía, ciencia y todo lo que quemó el asteroide.

No soy tan pobre. Tengo un billete de 500 y más de dos mil escudos. Mis manos ácratas no creen en nada más que las pulsaciones y la necesidad de escribir. Los rincones blancos son el único arado donde pretenden cultivar mis diestras.
No fui al servicio militar, no voy a las marchas con transporte incluido, no creo en las verdades absolutas. Mi pobreza (como la de todos) es de clase media. Puedo existir con un trozo de pan, un sorbo de mate, con el inagotable fluir de mis dudas y mis miedos, que se vierten como maná en Dios. No pretendo obedecer a una palabra que no sea calurosa. Odio a los dictadores y no sólo a los jefes de Estado, sino aquellos que explayan su autocracia en cualquier espacio, por minúsculo que sea. Siento tristeza por el que no se alza; por el que baja la cabeza y continúa laburando al son de la muerte, del egoísmo; por el que no se vuelve delirante como Charlot en la fábrica; por el que finaliza cada jornada obsequiosamente.

No soy tan pobre. Tengo lluvia y gravedad.

 Mauricio Leandro

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