Vicente

Vicente

-Amén, amén. Aleluya Señor.- Repetía sin cesar la vieja en silla de ruedas. -Gloria al Dios, él es dueño de todo. Aleluya.- repetía la señora. Hice el intento de concentrarme en las palabras que decía el pastor, pero no podía con la vieja cacareando tantas cosas inconexas, interrumpiendo con su fervor al pobre líder religioso.

Hace menos de un año Vicente me dijo: -Un día llegué a la casa y pillé a esa mujer con un huevón. Le dije al cabro chico, “te vai’ o te quedai’ con tu madre”, él se quedó con su madre, “está bien, pero después que no me vengai’ con hueva’as”. Él quiso quedarse con la vieja, así que ahí quedó.-

Los sepultureros echaban frenéticamente una pala y otra de tierra sobre el ataúd. El polvo nos bañó a todos, quienes veíamos con lamento como Gea se devoraba a Vicente.

La señora en silla de ruedas balbuceaba oraciones y sus manos se entrelazaban con evidente angustia. La vieja tenía clavada su mirada en aquel lecho fatal y mientras sollozaba.

Como lo confesó el hijo, todos eran evangélicos. La enorme familia que engendró el vástago de Vicente Osorio.

Vicente era el hermano menor de mi abuelo paterno, el último que quedaba de los hermanos Osorio Biondi. Vivía solo en Yungay hacía mucho tiempo y se mantenía vendiendo cachureos en las ferias. Según cuentan, tenía mal de Diógenes, una montaña de ropa y tarecos, hacían de su casa un habitad ideal para el polvo y la suciedad. No conocí aquel aposento, pero lo dibujé en un cuadro imaginario haciendo composición con las historias que me relataron.

Antes de vivir y morir solo, Vicente estuvo 20 años con Olga, mujer que falleció hace como 15 años de lo mismo que él, un paro cardiorrespiratorio, desencadenado tras un cáncer.

Según me contó el mismo Vicente, en una de sus repetidas visitas a mi solitario departamento, la madre de su único hijo, Charo, lo cagó con “un huevón ahí”. Claro, Charo es la misma evangélica que repetía salmos y alabanzas a Dios en el cementerio, cuando Vicente descendía hacia el estómago de la necrópolis.

Mi tío abuelo me relató aquella historia con su ex mujer: -Un día iba a trabajar y le dije a Charo que no iba a volver. Por un problema regresé a buscar unas hueva’as en la casa y un caballero del barrio me dijo, “vecino, mejor que no vaya para su casa, lo están cagando”.- Según siguió contando Vicente, se asomó por la ventana y pilló a la beata cristiana, pecando de lujuria con un tipo. El tío me dijo que agarró un cuchillo, pero antes de cometer alguna barbaridad, pensó en sus sobrinos, o sea, en mi papá y mis tíos y no hizo una locura que lo llevaría a la cárcel (me volví su adherente).

Tras aquel incidente, se llevó a su primogénito, a Patricio y se fue con la vecina que vivía frente a su casa, esa era Olga, con la que vivió varios años. Olga tenía cinco hijos cuando Vicente se fue a vivir con ella. La vecina, no encontró ninguna mejor idea que abandonar a su prole y junto a Vicente criar un breve tiempo al pequeño Patricio. Un día el niño le dijo a su padre y a su madrastra que quería volver a vivir con su madre: -Y ahí cagó el huevón. Si se fue con su mamá, que se vaya, pero que no vuelva nunca más.-

El menor de los Osorio Biondi vivió, como conté, 20 años con Olga, ambos sin hijos, o sea, con los hijos desparramados por ahí y de los que no querían saber nada de nada. Olga falleció y Vicente se quedó solo en un cuarto acumulando ropa y mugre hasta su muerte.

Aunque siempre mantuvo comunicación con mis abuelos, hace menos de 10 años, el tío retomó más contacto con su hermano mayor. Con él se juntaba a hablar, pero más que nada lo hacía con mi abuela, porque mi abuelo vivía sus últimos años viajando en una barca infantil que no tenía brújula y que flotaba como oleaje imperfecto en el mar de la demencia senil.

Vicente iba a casa de mis abuelos a contar historias, a putear sobre cómo la Charo lo cagó hace como 100 mil años y a maldecir a su hijo a quien no quería conocer.

Un día llamaron a casa de mis abuelos preguntando por el tío Vicente. Quienes preguntaban eran las hijas de Patricio, las nietas. Ellas querían conocer a su tata, del que no sabían más que el nombre y el apellido. Cuando le contaron a Vicente y como era él, empezó a garabatear malas palabras diciendo que no quería conocer a esas cabras.

Las nietas de mi tío abuelo no se rindieron fácilmente. Averiguaron la dirección de Vicente y empezaron a visitarlo obsequiosamente aunque éste no le abrió las puertas hasta después de mucha insistencia.

Poco a poco entre una generación y otra, entre mi tío y aquellas niñas, comenzó a nacer un sentimiento, algo parecido al cariño, sí, algo parecido. Todo hasta que un día las nietas le recomendaron limpiar la casa y deshacerse de algunas cosas que no necesitaba. Ese día todo se fue a la mierda: -Yo sabía que éstas lo único que querían era robarme mis cosas.- Las echó a la calle y jamás volvió a abrirles el portón.

El último año de vida, fue muy parecido a los anteriores: trabajó como mulo para llevarse un bocado a la mesa. Lo único que cambió es que empezó a visitarnos a mí y a mi padre, para que le arregláramos un teléfono celular del año 1. En las visitas, siempre sorpresivas, llegaba, decía algo de que le fallaba no sé qué cosa al teléfono, y empezaba a contar historias como si relatara un partido de fútbol. Hablaba mal de todos, de mi abuela, de mi abuelo, de su ex mujer, de sus hijos, de lo duro que es la vida, de que no hay que confiar más que en el fajo de billetes en el bolsillo. -No existe hermano, ni hijos, ni mujeres. Todos esos hue’ones te pueden cagar. Ten un fajo de billetes en el bolsillo y que todos se vayan a la cresta.-

Si esto es de delatar, me delató hasta yo. Disfruté a Vicente. Absorbí, sin saberlo, sus últimas historias. Extraje su aliento con afán de saber más de mi pasado, de mi sangre. Un día conversando con él saqué una libreta y empecé a anotar todos los nombres que me dijo: Lele (su hermano), Beatriz Biondi (mi bisabuela), Óscar Osorio Zamorano (mi bisabuelo) y varios personajes que me heredaron esta sangre. Me dijo todo aquel listado, no sin antes putear a cada uno.

Mi tío abuelo se fundé hoy con la tierra, con un rostro más reducido, con una herida en la mejilla, con los ojos volados y las pestañas caídas, un hecho que le impidió conocer a todos aquellos nietos y bisnietos que abandonó, que no conoció.

No sé si la vida tiene sentido, yo me dedico a jugarla. Quiero que mi paso por este pedacito minúsculo del cosmos pueda obsequiarle alguna reflexión a los que vengan, para que no me imiten y para que extirpen el egoísmo del ser humano. No sé si tenga sentido, pero ayer, a ese tipo que le grité ¡hijo de puta!, porque lanzó su auto sobre mi bicicleta, hoy, en dos minutos le dije: -Nos vemos primo.-

 Mauricio Leandro

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