Para el frío

Qué frío

Queda la promesa y está. Dos cuerpos bien pegados son el mejor calienta camas. Nada como una piel para cobijarse. 

¡Tengo frío! Mis dedos apenas pueden realizar un acorde antes de deformarse. Las  fotos en el recuerdo son un espejismo con el que se aviva la artería obstruida.

Me fumo una bala, pero sigo temblando. Ha llegado la hora de hibernar otra vez, de encerrarme triste en la memoria de la gota que caía por sobre la frente. Debo decirle adiós al cuerpo acaramelado, al beso que suena en el cuello, a las mañanas que te incitan a andar la ciudad.

Siento cada invierno como una guerra, la hora lúgubre para morir. No es por pesimista, es por necesidad. Nací en otro sol, uno que quema todo el año. El invierno en estas tierras es para mí un recogimiento, puedo llegar a sentirme sitiado como en Leningrado.

El único remedio para la ola gélida, es el beso agazapado en el lecho. Las piernas que derriten aquellos cubos de hielo en los que se han transformado los pies. El movimiento aparentemente sempiterno del roce, del hundimiento, es un buen remedio. Sólo ese espacio puede ser hacedor del fuego, del verano; sólo ese rincón hará que mis poros lagrimen otra vez de felicidad.

 Mauricio Leandro

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