Martillazo

Utopía

Golpe en la sien, chichón, alcohol, resaca. Síntesis necesaria y típica, no tomo más, no me ato a un idilio más.

Mentira, lo volveré a hacer hasta el día que una bola de gusanos se coman mis palabras y me dejen sin amor, ni tripas.

Yo la quise y a veces (algunas veces), ella también me quiso. En noches como ésta la tuve en mis brazos y la besé tantas veces bajo el cielo infinito”1. Luego llegó a su casa y en silencio lloró porque se sentía pasada a llevar, ella no quería estar bajo el cielo infinito, prefería una cueva, un iglú, qué sé yo, otras cosas que no dijo. Se postergó varias veces y al final culminó quebrando un verso que no dio luz (por lo menos para mí), “es tan corto el amor y tan largo el olvido”2.

Fui timado por el animal menos perverso del planeta. Claro que no intencionalmente, sino por accidente. Aquellas palabras que arroparon mi destino y le aseguraron una taza de café a mi piel blanda, no fueron un engaño premeditado. Las promesas fluyeron vehementes, viscerales, haciendo una composición de signos lingüísticos que flotaban en el aire como ondas de eco.

Yo creí cada una de las promesas. Me despreocupé de los detalles en la pared, de los clavos, que no sabía hasta dónde atravesaban la muralla. Ella fue herida por mis martillazos, pero más de un ¡ay!, al momento del golpe, no dijo. En su casa se ponía vendas, parches, se miraba al espejo, se le hinchaban los ojos y estallaban como globos de agua, chorreándose el pecho en lágrimas. Ella se retorcía mientras yo preparaba la cena como una celada. La esperaba con miles de sueños felices, mientras ella se retorcía por las pesadillas sobre ‘hasta dónde podemos llegar’. Al día siguiente no decía nada, su rostro feliz iluminaba cada rincón de mi alma y volvíamos a empaparnos de palabras vehementes, viscerales…

Al final dijo la verdad, una historia que no encajaba con la mía. Cuentos de pequeñas hadas devoradas por ogros violentos que inundaron la nación construida por nosotros. Yo me sentía como un dictador, el dueño de un destino que no permitía voto ajeno, que jamás sería derrocado por las protestas de afuera. Ella y yo gobernaríamos nuestra vida, le pondríamos el nombre que quisiéramos a nuestra prole y dictaríamos juntos una constitución irrevocable. Sentía que nuestras promesas eran sentencias de muerte a la desidia, a la opinión ajena, al mundo foráneo. Nuestra dictadura, no era blanda, estaba cimentada en algo no común. No estábamos de novios, éramos una unión inquebrantable…, pero qué digo, si hasta los soviéticos cayeron. No hay promesa más bella que la utopía, acercase a ella es empezar a deshojarla, es soñar que existe una noción mayor a la utopía.

Fui timado por el animal menos perverso del planeta. Permitió que amoldara su peinado a mi gusto. Se puso el traje de Simone de Beauvoir, mientras yo payaseaba torciendo mi vista. Hace una semana que aulló diciendo ¡soy individualista! Yo creí el lamento solidario, en su puño apretado y el gesto de furia cuando decía ¡qué injusto! Me regocijaba cuando me enviaba microrelatos de Galeano, historias tan pequeñas que cabían en el pico de una paloma y a la vez podían derramar un río que nos llevara a navegar a los mares del hacer y abandonar la orilla del decir.

Ella vociferó en la luna donde habita que me amaba, me contó que le dolía el pecho de amor, pero más le dolió el golpe en la pared, el clavo que atravesó la muralla y llegó a cualquier parte. Condenó al polvo las palabras y los pincelazos, echó a la hoguera las ganas de un beso, cerró el libro y “echóse a andar…”3 Fui la masa, desperté a un cadáver que ya no reconoce lo vivido, sañudamente recuerda los martillazos de aquel cementerio de malos ratos.

Yo construí una casa a la orilla del mar, miraba cada tarde como el sol se introducía en la panza del horizonte, sin saber que ella contemplaba la necrópolis, sin saber que la había asesinado. A pesar de todo, siguió hasta el final prometiendo un régimen que no iba a llegar.

Ahora se parece a una botella: carga sus promesas, da miles de besos y me conduce a la cama echándome violentamente. A la mañana siguiente se transforma en una resaca, que duele en la sien. El hemisferio derecho palpita hostigosamente.

Su verdad, aunque dolorosa encendió mi esperanza. Aún no he hallado a la que reine conmigo un régimen impenetrable por voces ajenas. Falta la compañera que condene a muerte al miedo y todos sus secuaces. Todavía no beso a la ninfa que volará conmigo.

Viví un tiempo de amor invisible. Ya no escribirá diciendo que le duele el pecho de tanto amar, un martillazo sobre la pared penetro más.

Mauricio Leandro

1 y 2 Neruda, Pablo. Versos del poema “XX”.
3Vallejo, César. Frase del poema “La masa”.

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