La Magallanes

(Cuento Ganador del Concurso Literario “El Siglo”)

37 años han pasado. Parece poco, pero las historias que tiene esta silla es como para hacer un libro. Aquí han venido desde los más mugrientos y rotos borrachos de La Piojera, hasta Diputados de la República. Todos claro, por lo mismo, el excelente corte de cabello que sólo yo, Eduardo “Lalo” Velázquez Huaiquipán, puedo hacer.

Buscarán en otras barberías de Santiago, puede que hasta más caras y lujosas, pero no se comparan con los cortes de cabello de La Magallanes. Un estilo clásico y varonil, el mejor de todo el mundo. Los años no son enemigos míos, pues a pesar de un leve temblor en mi mano, al instante del corte se serena para dar un toque perfecto. Aquí en la Barbería Magallanes, a 37 años de ser adquirida, el confort, la comodidad y por supuesto, los mejores cortes para caballeros y niños, están alcance de todos. Dos luquitas rebajar el cabello; tres, un corte lleno de estilo y estética para que las damas enloquezcan; y mil pesos, uno que a mí en particular no me llama la atención, que es la rapada, ahora muy a gusto en la juventud.

Además del trabajo mío, hace 12 años que me acompaña en esta labor, un joven que es un maestro con las tijeras, Ramón Ortiz.

Moncho, como le dicen, deja feliz a todos los cabros que vienen para hacerse esos peinados modernos y que tienen flequillos por aquí y por allá. Somos un equipo, a él lo tengo como un hijo, conozco a toda su familia y hasta fui el padrino de bodas cuando le dio por casarse con la ex novia de un cliente que no vino más. Bueno, y a pesar del cariño que le tengo, lo que me molesta es que siempre intenta agarrarme pal chulete’o. El otro día, hasta insinuó que ya era hora que me fuera retirando. ¡¿Pero qué se habrá creído este cabro desubica’o?! Él no sabe que si yo me retiro se acaba La Magallanes.

Yo, Eduardo “Lalo” Velázquez Huaiquipán, soy el único y exclusivo barbero de los más prestigiosos caballeros de Santiago, esos que quieren lucir un exquisito, elegante y varonil peinado. Los cabros de hoy no saben nada, ellos se hacen esos cortes de capas raros, se llenan de flequillos e incluso se llegan a teñir el cabello. Además, andan todo el día con la cuestión de las drogas, los carretes y los piercings. No se imaginan ellos, que en esta silla tuve sentado al Diputado de la República, Vicente Atencio Cortés; y ¡Pucha que era buena onda! Aun recuerdo lo que Don Vicente me decía cada vez que llegaba: -Ya Lalo, usted sabe cómo quiero el corte y el bigote, a lo escritor-. Mientras lo atendía, me iba contando todas las cosas que pasaban en la Moneda y las rabietas que le daban al Chicho por culpa de los desubicaos que andaban puro pelando cable. Cuando terminaba, se miraba en el espejo, sonreía y con esa misma sonrisa partía a la calle dejándome una buena propina.

¡Ay!, esta barbería…, La Magallanes es también mi casa y el lugar donde se refugian mis más bellas, pero también tristes historias.

El 10 de septiembre de año 73, día lunes recuerdo, La Magallanes cumplía 7 meses desde su apertura y la clientela era inmensa. Conmigo trabajaba Víctor Sepúlveda, un amigo de la infancia, pero del que no supe por años hasta que decidimos montar el negocio de la barbería.

Por esas coincidencias, luego de salir de la Industrial Simón Bolívar, un día me lo encontré buscando pega en el Centro y me contó que también se había dedicado al mismo rubro que yo. Aunque yo sólo había empezado hace dos años los cortes de cabello, pensé que sería buena idea lo de montar nuestra propia barbería.

Víctor no era el mejor barbero que digamos, pero tenía clientes fijos. Era el tipo más piola del mundo y para lo único que habría la boca, era para decir lo necesario. Pero la noche que la barbería cumplió 7 meses, quebró por completo su mutismo.

Caridad era la hermana menor de Víctor, una cabra guapísima y que volvía locos a todos los hombres con un simple gesto. Yo no era la excepción. Cuando Víctor me la presentó, me encandilé al tiro con ese rostro de ángel terrenal.

Ella tenía 18 años y yo 26 cuando nos conocimos. A escondidas de su hermano empezamos a salir y en menos de un mes nos enamoramos perdidamente. Lo malo de Caridad, es que andaba muy metida en política y aquella época no era para eso. Los cabros se mataban en las calles y había un caos feroz. Lo mejor era tratar de estar tranquilo y no meterse en hueva’s, como a mí parecer lo hacía Víctor.

La noche del 10 de septiembre, pasé a buscar a Caridad en el boulevard de San Agustín, donde siempre nos juntábamos. Ella vivía en Moneda esquina San Antonio y nos encontrábamos en el boulevard para que nadie cachara que estábamos saliendo. Ese día se demoró más de la cuenta, eran las 8:45pm y no daba indicios de aparecer. Yo ya había cultivado demasiado mi paciencia y empezaba a desesperarme. A las 9pm no aguante más y rompí el protocolo acordado de no ir a su casa, pues sería un peligro incluso para el negocio de La Magallanes. Toqué el timbre y no respondieron. Insistí frenéticamente, pero nada. De pronto un caballero salió del edificio y me dejó pasar, subí apresuradamente las escaleras hasta el departamento de Caridad y golpee la puerta, pero descubrí que estaba apenas abierta.

Entré a la casa silenciosamente y vi varios adornos destruidos, como si hubiera entrado un ladrón. Caminé pegado a la pared, hasta que vi una mancha de sangre en el piso con la marca de una mano, entonces empecé a sentir miedo. Seguí caminando lentamente, pero no podía contener la muy agitada respiración que tenía. Las manchas de sangre conducían a un cuarto que estaba con la puerta semiabierta y sin más me envalentoné y entré de una.

El pánico que se apoderó de mí fue tremendo, es hasta ahora la cosa más horrible que he visto. Cuando entré a la pieza, me encontré a Víctor echado en la cama lleno de sangre, con una pistola en su mano y Caridad llorando a orillas del lecho. Una imagen atroz. Lo primero que me pasó por la cabeza, es que Víctor se había suicidado.

Intenté consolar a Caridad, quien sollozaba con gemidos muy profundo. Ella también estaba con mucha sangre y tenía varias heridas en su cabeza. Le propuse que fuéramos al hospital o que llamáramos a la policía y ella me contestó: “No llames a la policía. Yo lo maté”. Esa confesión me descolocó por completo. Caridad parecía no poder matar ni a un mosquito, era flaca y tímida a primera vista. Luego me dijo que fue en defensa propia.

Las explicaciones de Caridad, lo único que conseguían, era dejarme cada vez más confundido. No podía entender por qué su hermano la había dejado como estaba, ni cómo ella llegó a matarlo.

Le serví un vaso de agua y más tranquila me contó que su hermano era un esbirro pagado por Patria y Libertad.

-Víctor hace meses que trabaja de matón -me explicó-. Patria y Libertad le pagaba para que asesinara a un fulano, y él iba y le caía a balazos. Yo milito en la Jota desde que entré al liceo, pero en mi familia no lo sabían. Cuando mi mamá se enteró y se lo contó a Víctor, él me amenazó diciendo que me iba a sacar la cresta y hoy cuando llegó al departamento casi me mata.

Luego me explicó que Víctor, tras golpearla varias veces, sacó la pistola y la amenazó de muerte si seguía metida en la Juventud Comunista. Después la siguió golpeando frenéticamente, pero ella pudo zafarse y con el pánico, le dio varios golpes en la cabeza con un hierro, hasta que Víctor se abatió en la cama.

-Yo no quería matarlo -decía llorando desconsoladamente-. No quería que esto terminara así.

Caridad trataba de explicarme lo que había pasado, pero yo no sabía qué hacer. Al mismo tiempo me daba cuenta de algunas cosas. Víctor nunca atendió bien a Vicente Atencio. Su rostro apático, dejaba escapar una leve imagen de desprecio cuando llegaba el Diputado comunista.

Esa noche fue larga. Caridad vivía con su hermano, pero casi nunca se encontraban. Él llegaba tarde a su casa, pues después de la barbería se juntaba “con unos amigos suyos”. Ella por las noches salía conmigo y por eso el roce entre hermanos, casi no existía.

El departamento era chico, pero confortable y elegante. Tenía dos piezas pequeñas, una mini sala y una cocina comedor. Limpiamos las manchas de sangre y toda la embarrá, mientras pensábamos cómo presentar este caso ante Carabineros. Al final de varias horas de charla, acordamos que ella diría toda la verdad. Nos imaginábamos, que como fue en defensa propia, no habría mayor sentencia.

La verdadera tragedia fue al día siguiente. Como esa noche me quedé en el departamento de Caridad y no tenía compañero de trabajo, decidí no ir a la barbería, a pesar de que los martes eran días con harta pega.

La alarma que sonó a la mañana siguiente, fue un ruido tremendo, como de taladro de construcción. Cuando me asomé al balcón, vi unos tanques que bajaban hacía la Moneda y varios milicos. Desperté a Caridad y ella lo primero que dijo fue: -¿Y ahora qué hacemos con mi hermano?- En ese momento el teléfono empezó a sonar y ella me pidió que lo contestara, por si era para su hermano que imitara su voz. Tomé el aparato y al otro lado preguntaron por Víctor.

-¡Está Víctor! –dijo una voz prepotente.

-¡Sí, soy yo! –contesté con el mismo tono.

-¡Ahuevona’o! ¿No te dai cuenta lo que está pasando? –dijo la voz- Si no vienes para acá ahora mismo te va a ir mal concha ‘e tu madre. Vos sabías que esta hueva’ se venía hoy. El domingo acordamos que todo el grupo estaría en Salvador con Providencia.

-Tuve un ata’o en mi casa –contesté.

-¿Qué hueva’? Víctor: ¡¿Vos soi’ huevón?! –cuestionó la voz violentamente y colgué al instante.

Le dije a Caridad que nos teníamos que ir rápido de ese lugar.

-¿Y mi hermano, qué hacemos con él? –preguntó confundida.

-¡Tenemos que irnos ahora, por la cresta! –le refuté.

En la calle no había más que milicos. Se escuchaba el ruido de los aviones y el bombardeo a la Moneda. En ese momento me di cuenta que la cosa era grave. Se había ido todo a la mierda y yo estaba metido en un lío que no quería estar. Por suerte La Magallanes estaba a dos cuadras. Así que nos escabullimos entre medio del ajetreo, para refugiarnos en la barbería. Allá teníamos radio, teléfono y algunos víveres.

Por las radioemisoras Minería y la Agricultura, únicas que transmitían, dieron la noticia de que se trataba de un “Pronunciamiento Militar”: Golpe de Estado en realidad. Los milicos en la calle, el sonido del bombardeo y los tanques no eran indicio de otra cosa. A eso de las 3pm, avisaron de un Toque de Queda y a partir de ahí, nos quedamos encerramos en la barbería casi dos días.

Caridad, aunque estaba preocupada por su hermano, empezaba a temer por su propia vida. Ya nos habíamos enterado de que estaban asesinando en las calles sin piedad. Para pasar desapercibido, al tercer día del Golpe abrí la barbería y Caridad salió a buscar a sus compañeros.

El sábado 15, como siempre, abrí La Magallanes hasta las 3pm, pero al medio día llegó una visita inesperada. Dos milicos armados entraron de mala gana a preguntar por Víctor. Yo me hice el tonto y les dije que estaba preocupado por él, ya que hacía días que no venía a trabajar.

-Bueno, pues puede que no venga más. Lo hallaron muerto en su casa. Parece que unos comunistas lo mataron. ¿Usted sabe algo al respecto? –dijo uno de los milicos.

-No, no sé nada al respecto –aparenté una respuesta dolorosa.

Esa tarde frente a mi casa encontré a Caridad agazapada, haciéndose la que leía un periódico. Cuando me vio llegar, cruzó y nos metimos veloces a mi departamento. Me contó que la andaban buscando por la muerte de su hermano y lo más posible es que la asesinaran en venganza. Para los militares un muerto más un muerto menos no era problema. También me dijo que ya había resuelto la salida para Argentina y un posterior vuelo a Alemania.

La cosa era de locos por esos días. Una semana antes, el único problema en mi vida era que no descubrieran lo que tenía con Caridad. Si se sabía, hubiera asumido y ya. Después del 10 de septiembre, mi vida había cambiado: era cómplice de homicidio, a mi polola la buscaban para matarla, habían acabado con el gobierno del Chicho, los milicos se habían tomado el país, estaban a punto de matar a mi amigo el Diputado Vicente Atencio y ya no tenía compañero de trabajo.

Caridad me propuso irme con ella y realmente pensé que sería lo mejor. Tenía reunido unos 60 mil escudos, que en ese tiempo era plata, y lo único que me quedaba en Chile eran problemas.

Esa misma noche Caridad se juntó con dos compañeros suyos en mi departamento, en medio del pánico. Por suerte los cabros se fueron temprano y seguidamente, Caridad me llamó para hablar conmigo.

-Lalo, lo siento mucho –me dijo casi llorando.

-Tranquila ¿Qué te pasa? –traté de abrazarla.

-No te puedes ir conmigo –me respondió-. Pueden sacarme del país sólo a mí. Yo les expliqué todo, pero dicen que a ti te podrían ayudar después, por el momento soy la única que puede irse.

-Tranquila, no se preocupe por mí, yo estaré bien –le dije para tranquilizarla-. Váyase usted y no se preocupe, que pronto volveremos a estar juntos.

Nunca más la vi.

Tiempo después, los compañeros de Caridad me propusieron irme del país, pero pensé que era inútil. Nadie me asechaba y no había quién reclamara respecto a la muerte de Víctor. A otros cabros los estaban buscando de verdad, lo mejor es que esa salida se la dieran a quien realmente la necesitaba.

Pocos años bastaron para que ya no sintiera dolor ni espanto, cualquier cosa me daba lo mismo. Preferí quedarme con La Magallanes y seguir mi vida sin tantas revoluciones.

Día a día perfeccioné los cortes y convertí mi trabajo en toda mi vida. Sigo renovando a las personas como fuente de eterna juventud y eso me gusta. No volvió Vicente Atencio, porque lo mataron, no tuve compañero de trabajo hasta el 98, pero seguí haciendo y mejorando el mejor corte de cabello, un estilo clásico y varonil.

Han pasado 37 años y aunque parezca poco, yo lo siento como una eternidad.

Mauricio Leandro

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