Mensajes de humo

Ayer estuve toda la noche fumando cigarros. Intentaba encontrar alguna señal en el humo que me diera respuesta. No es la primera vez que experimento algo así, a veces lo hago con las nubes, ya que no creo en psicólogos, ni en consejeros y mucho menos en los amigos (no soy un tipo de amigos). Tal vez el humo en su abstracta forma dibuja caminos o señales que podemos tomar o dejar.

La verdad de todo, es que no busco respuesta, sino azahares. La respuesta la sé y es sencilla: “todo está en mis manos”; pero eso es aburrido y realmente me da flojera tomar el camino común.

Levantarme cada mañana y ser mejor y hacer y callar y aprender y mentir…, eso se lo dejo al mundo, yo soy malo para todo, incluso para mentir. ¿Dónde está mi fuerte? Creo que en soñar algo distinto cada día, no tener nunca una meta igual. La constancia, la perseverancia, eso no existe en el lenguaje de mi hacer.

-¿Para qué eres bueno?- me dice un pelotudo que pretende alquilar mi fuerza laboral. Ahí yo le chamullo y le digo que para escribir, hablar, cantar, correr, bailar, etc. Pero todo es mentira, como ya dije. Creo que lo único que hago bien es dormir. Lo trágico, y para mi mayor desgracia, es que ni en eso alcanzo la perfección.

A cierta hora del sueño, se apodera de mí el temor de que alguien me despierte: -¿No tienes que hacer hoy? Me dijiste que ibas a trabajar. ¡Qué terrible! A esa maldita hora emprendo el combate contra las sábanas y cuando luego de una hora, puedo zafarme de ellas, comienzo mi viaje a algún parque conocido y me siento horas y horas a esperar que pase el día, para luego volver “agotado” y echarme como un saco de harina, nuevamente en la cama.

Una vida necia es la mía.

Tengo miles de sueños realizables e imposibles a la vez. Esta contradicción nace y termina en mi frenético egocentrismo. Yo soy tan bueno y tan malo que puedo hacer lo que sea, ser el rey del mundo y al mismo tiempo el verdugo de mi alma.

Pero en esta época triste de mi existencia, no soy ni el salvador ni el verdugo de nada. Soy un simple viajero del tiempo humano, a quién colocaron en una barca pobre en el mar capitalista y echado sobre ella, posa su cabeza contra sus brazos esperando a que la corriente lo lleve a un tsunami o que lentamente muera de inanición en el océano libre mercadista.

-Algo tendrá que pasar.- me dice el tipo que habita en mi mente, mientras yo relajo más mi cabeza y me pongo a soñar en la música y en todos los sueños fútiles con que deliran la gran mayoría de los peces devorados por el sistema.

El hambre amigo, se divierte en mi estómago con sinfonías tocadas en allegro y cuando alcanzo el sueño y empieza su majestuoso adagio, me despierto a las 3 de la mañana para asaltar la cocina, culminando con el secuestro de dos panes viejos y un tomate cercenado por la mitad. Así vuelvo al cuarto, bebo dos tragos de agua y continúo navegando en mi barca menesterosa.

¿Mis sueños? Mis sueños ya lo he dicho, son los más simples, los que pueden tener todos. Mis sueños son los de los niños, historias de chocolate y de colores; son los de un adolecente que aguarda el amor en su pecho como una bomba de destrucción masiva; son los de una mujer que va a la universidad, luego de que vio toda su vida cómo su padre alcohólico, vilipendiaba a su madre con insultos y golpes; son los de un ludópata en el casino que añora diciéndose: ¡Ahora sí!, esta es la mía; mis sueños son los de la actriz porno que se ríe del mundo mientras un cúmulo de viejas anorgásmicas e hijos de puta con disfunción eréctil, la acusan de concupiscente; mi esperanza es la misma que la del tipo que jamás ha ido al Paris y sueña verle las piernas a las muchachitas que bailan en el Moulin Rouge; mi añoranza es ser feliz, como aquel desafortunado en el amor que jamás a besado a una mujer y se masturba como si recitara versos de Baudelaire; mi sueño es viajar por el mundo como un exiliado, pero cargando en mi lomo y en mis piernas la patria, para no sentirme jamás extranjero, pues eso me disgusta (es como ser extraterrestre); son tan banales mis sueños que no hay uno sólo que no se haya soñado antes.

Este viaje que hago por la vida tiene mucho de fantasía, pues siento que voy rodeado de fantasmas. La soledad no es mi amiga, sino mi compañera de viaje, es quien me da un trago y de vez en cuando me acaricia el cabello. Junto a ella vemos a esos millones de fantasmas que murmuran aterradoras conversaciones. Nadie es real en mi mundo y eso me hace dudar que yo mismo lo sea: ¿Seré acaso un fantasma también? ¿Será Dios un soñador que navega en una barca errante hacia el abismo, mientras nos sueña?

Esa es también una de las respuestas que busco en cada bala. El humo del cigarro es tal vez un mensaje en clave que Dios le envía a los suicidas. Las nubes, las formas naturales, me hacen cada vez más misántropo y odio más las palabras, los discursos y el lenguaje. Soy cada vez más nihilista y cierro los ojos para soñar con la verdad en otra dimensión. Me muestro antipático a este pequeño espacio en el Cosmos, pero sigo siendo un tipo más.

Soy el que compró la entrada número 5. 324. 038. 719 del mega concierto de la vida. Estoy con los brazos arriba como toda la masa, haciendo señales con el celular para encontrar a un compañero de andar. Al final, es mi soledad quien me toma de la mano y me da consuelo como una hermana.

Yo he bebido sediento las aguas del amor. Probé de mil fuentes cientos de chorros, empapé mi alma, pero aún seguí escuchando a la obstinada voz de mi cabeza que pedía seguir durmiendo. Son tantos los recuerdos y olvidos, que cada imagen se funde con lo onírico haciéndome perder el sentido de lo real. Un Déjà vu se refleja en cada acción y sé y no sé.

En esos momentos, cuando mi cabeza estalla de dudas y el sueño no es consuelo de nada, se ve la silueta de ella bailando. Sus vestidos son (como los mensajes de Dios) telas de humo que se mueven opacas. Ella es lúgubre, pero despierta toda mi lascivia. Se menea y se menea, despertando las olas de mi mar y moviendo ferozmente mi barca. Cuando estoy a punto de correr hacia ella, un tropel de insectos se la tragan y su imagen se desvanece con una melodía aguda y triste de milonga.

Yo no sé quién es ella, pero estoy seguro que mi barco la alcanzará uno de estos días.

Mauricio Leandro

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2 comentarios en “Mensajes de humo”

  1. Bastante buen puesto . Me topé con mauricioleandro.wordpress.com y quería decir que realmente he disfrutado de la navegación de su blog . Después de todo voy a estar suscribirse a su feed RSS y espero que escribir de nuevo pronto! respecto

  2. Tu texto me ha recordado la voz de Freddie cantando Too much love will kill you.

    Y es que matemáticamente esa “clave que Dios le envía a los suicidas” es con la que se viste esa “silueta de ella bailando”.

    Saludos

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