Mi jefe

Mi jefe es una plasta babosa que se ríe. Debo confesar que al principio me sentí orgulloso de trabajar junto a él. Las referencias sobre quién era, su ascendencia creadora y transformadora me hicieron jactarme más de una vez frente a los míos. El prestigio de la empresa, ni decir; hasta me puse una chapita en el pecho para que el brillo del sol restregara en la cara de los que me veían el isotipo perfecto de la empresa que habían creado los más prestigiosos diseñadores nórdicos.

No pasó ni un mes para darme cuenta que todo era el paquete hermoso, que envolvía la misma plasta asquerosa que vemos todos los días en la calle de esta sociedad.

El orden, el “estimado” sin sentir en lo más mínimo esa palabra, una mierda de máscara que luego aparentaba la crítica y cuestionaba lo mismo que cuestionan todos los que viven sentados ante el televisor.

Las primeras semanas cuando llegaba a la oficina y aunque veía una sonrisa en mi jefe, él me decía: -enseguida te atiendo-, mientras, seguía tecleando la puta máquina como si estuviera desbordando su cabeza sobre el computador portátil o como si la computadora poseyera su testa y cerebro. A los minutos volvía a decir: -espérame un segundito, es que me falta mandar un informe-. ¿Y yo?, yo tranquilo, lo único que le decía: -no te preocupes, no estoy apurado-.

Casi media hora después me pedía que tomara apuntes sobre las tareas que tendría en la semana (todo esto sin quitar la mirada del notebook). Yo anotaba, asentía con la cabeza y tenía que esperar sus pausas larguísimas cuando me decía: -Bueno, esta semana estate atento a… (se quedaba pegado con algo en el computador)…, (se ponía a escribir algunas cosas)…-, y después decía: -disculpa, ¿qué te estaba diciendo?-. Así era siempre, como si yo fuera un cuadro más que tenía que esperar su atención para que él me sacara el polvo y las telarañas.

Las semanas que siguieron fueron así, y ya se hizo costumbre el trato inhumano, el: -pásame eso, dame aquello, clava una mesa, limpia el piso…-. Todo esto a pesar que a mí me habían contratado para otra cosa, para hacer mi trabajo creador, en una empresa donde podría “desarrollarme”. ¡Malditas mentiras!, todos los hijos de puta te coartaban los sueños, los pensamientos: -esto no conviene, este nombre no vende-. ¡Putos sabuesos del mercado!

¡Ay!, y mi jefe no es más que otro que quiere salvarse, para que la mierda no se lo coma. A pesar de todo su “bagaje” tanto cultural como ancestral, no es más que un hombre sin memoria que prefiere una semana en un resort a cambio de su fuerza laboral y las ideas de sus héroes (que son los míos, pero que yo por lo menos intento imitarlos en su hacer).

Sus caras, sus regaños, su maldita indolencia. Sus cartas que empezaban con el típico: “Estimado amigo…-”. Luego me explicó que siempre que le escribiera un correo a alguien de la oficina, debía anteponer la palabra “Estimado” pues era una política de la empresa. Qué estúpido que fui. Mucho tiempo creí que éramos la compañía con más buena onda del mundo. “Estimado amigo”, “Estimado colega”. Y yo ahí, sintiéndome querido por gente que estaba comprometida con los dólares y su tasación.

Luego vino el día grande, el día donde me hicieron responsable por un mes de la sucursal, mientras mi jefe se tomaría unas vacaciones en la costa, para disfrutar con su familia el calor de la playa y la frescura de las brisas marinas.

Cada día del verano a las nueve de la mañana tenía que entrar a la oficina con el mismo libreto: Estacionar la bicicleta, encender la radio, sacar de la mochila el almuerzo y ponerlo en el refrigerador, leer los periódicos y empezar a escribir “cosas importantes”.

En los segundos de respiro, me asomaba en el balcón para fumarme un cigarro y coquetear con las oficinas. La gente pasaba veloz por la calle, los garzones de los restaurantes correteaban desesperados en busca de la clientela y claro, lo más importante y que más llamaba mi atención: las puertas de los edificios.

Las puertas eran enormes, con el objeto de que hubiera una circulación liviana, pero para mí eran las bocas de los monstruos que tragaban gente por la mañana, perfumada y bien peinada, para luego vomitarlas cuando caía la tarde sin sueños ni esperanzas, sólo con el hedor y la tristeza de saberse expulsado asquerosamente.

Y mi jefe, de vacaciones, buscando un reemplazo para mí, un ser que ya no era productivo ni feliz. Él quería un “estimado” computarizado que asintiera y cumpliera órdenes sin pensar en algo más.

Qué lástima me da mi jefe, más que rabia y ganas de matar, me da pena. Es triste saber que ya no lleva ni su nombre, ni corre en él la sangre caliente. Él es sólo un ser que sueña con tener su propia empresa para ser libre de mandatos y saberse así más jefe de un personal más numeroso.

Yo no quiero ser jefe, ni quiero tener otro más. A mí me gustaría hacer una empresa de compañeros y estimados de verdad donde lo importante sea cambiar la puta desidia y la triste indolencia que nos transforma poco a poco en unas plastas babosas. Quiero una empresa de compañeros, donde la idea mejor remunerada sea la dignificación del hombre.

Mauricio Leandro

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