La primera marcha

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“Al fin de la batalla,
y muerto ya el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: “No mueras, te amo tanto!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
(Del poema “La Masa” de César Vallejo)

Javiera se levantó es día como todos los días, como si se estuviera alistando para ir al liceo. De todas formas su madre le dio la lata de que no fuera al Centro pues hoy habría una protesta.

Cuando salió de su casa sintió algo extraño en el estómago, que no era miedo, a pesar de que se lo que imaginaba. Las tripas se le removían con una sensación única que emergía desde lo que sería la primera marcha a la que asistiría en su vida.

Como salió tan temprano, vagó por la ciudad mirando las vitrinas, las fachadas, los autos, recordando los chistes y las cosas que ocurrían en su sala de clases.

Caminó observando la ciudad en una imagen cinematográfica que contaba incluso con un fondo musical. Sus audífonos titilaban al ritmo de “Party rock” de LMFAO, mientras veía en su imaginario como centellas luminosas caían en la las calles y todo Santiago se convertía en una fiesta.

En el paseo Ahumada aunque ya había un caos, no abrían las puertas enrollables del Eurocentro y no había oportunidad de conseguir algún parche para la mochila nueva que le habían regalado.

Luego de unas horas se juntó con Paulina a la salida del metro Estación Central y aunque ya había un mar de gente la marcha no empezó hasta las 11.

En medio de los miles de manifestantes, las dos chicas se escabulleron buscando a alguien de su colegio, pero todos los intentos fueron en vano.

A pesar de que la búsqueda fue frustrada, Javiera y Paulina no dejaban de reírse por esto, por lo otro, por aquello, por el señor, por el niño, por los gritos contra los pacos, etc.

Cuando la masa empezó a avanzar en forma bravía hacía el Parque Almagro, los corazones de ambas jóvenes comenzaron a batir alas como si sus pequeños órganos vitales, se les quisieran desprender del pecho.

La emoción era única. De pronto un estruendo generó un breve mutismo, pero no era más que una bomba de ruido. Luego, un grito feroz pregonó un nombre y detrás las consignas complementaron el grito inicial.

Los bombos y las batucadas enteras removían el piso como si la tierra quisiera marchar también junto a los manifestantes.

Javiera vivía esta experiencia sin desprenderse de su celular que ahora sólo reproducía melodías apagadas por el bullicio. Ni si quiera cuando sonó “I kissed a girl” de Katty Perry Javiera reaccionó, y eso que era fanática de ese tema, porque ella lo descubrió antes que a todos les gustara Katty Perry.

De repente un grupo de encapuchados se abalanzó hacía las vallas papales y empezaron a lanzarlas al medio de la calle. Era el momento del éxtasis y el pánico, pero la adrenalina no hizo retroceder a las niñas que se sumaron a la barricada.

En eso, un grupo de Fuerzas Especiales se acercó al grupo sin mucha prisa, pero bastó el intento para que Javiera y Paulina corrieran fugaces hacia cualquier parte.

Luego de correr intensamente calle España dirección sur, Javiera se detuvo en búsqueda de Paulina que no se veía por ninguna parte.

Una cuadra atrás quedaron capuchas y carabineros peleándose, lanzándose piedras y gras, mientras que la marcha no cesaba su lento pero firme paso hacia Parque Almagro.

Javiera se resignó ante la pérdida de Paulina, ya que su amiga no tenía batería en el celular y era una Odisea encontrar a alguien entre tanta gente, así que continúo siguiendo el camino de la marcha.

Los gritos se repetían una y otra vez, y para Javiera era una sensación agradable sentir como su voz se fundía entre otras voces y éstas se hacían un solo grito. Algunos consignas no tenía mucho sentido, pero la sensación del grito masivo era de su gusto.

Casi llegando a Blanco Encalada fue testigo de una discusión entre manifestantes y capuchas. Los manifestantes recalcaban el sentido de la marcha y hablan de cuáles eran los objetivos del “movimiento”. Por otro lado, los capuchas insistían en que la manifestación “pacífica” no llamaba la atención y que había que protestar con violencia. Javiera no estaba ni de un lado ni del otro, en realidad no entendía de forma ni de fondo, ella sólo quería ser parte de esa masa potente que se veía imparable en televisión.

De pronto se encontró con unas compañeras del liceo que la reconocieron y empezó a marchar con ellas.

Aunque Javiera sabía que eran de cursos mayores, no conocía el nombre de ninguna, pero las chicas la trataron bien. Una de ellas sacó un pito y luego de que todas lo probaron, le convidaron unas fumadas. Javiera nunca había probado marihuana, pero quizás era el momento. Total, en la marcha no estaba ni su madre, ni su padre, ni el profe, ni nadie que le dijera qué hacer o no.

El humo golpeó suavemente su cerebro y sintió como planeaba aleteando desde su alma hasta las nubes. Empezó a morder aquellos algodones con agua, desprendiéndose de su sabor, para flotar y aterrizar en la marcha nuevamente. El vibrar de la música que viajaba desde los tambores a los pies de Javiera, generaba un cosquilleo excitante que hacía todo más divertido.

En un momento se vio navegando en un mar de carcajadas, de gritos y banderas; de humo dulce y tóxico; de aguacero y podredumbre.

Cayó definitivamente de la nube cuando ya no podía respirar. Su cara ardía como si estuviera cortada en mil pedazos. La lluvia artificial del guanaco, le lavó el rostro para herirla más. Cayó en medio del tropel sin fuerzas para huir ni para pedir ayuda.

A medida que pasaban los minutos, eran más los que caían víctimas de los gases lacrimógenos. Por encima de los tirados pasaba la horda represiva apaleando e hiriendo a los caídos. Aturdida Javiera se paró y empezó a correr dándose cuenta que había dejado abandonada su mochila. Retrocedió a buscarla entre el bullicio y el humo, y la pudo hallarla, no sin antes ser pillada por un carabinero.

Cuando el paco hizo contacto con su guante en el brazo de Javiera, ésta quedó gélida al instante. Le apretó el brazo como si lo estuviera exprimiéndolo hasta estallar. La sangre de Javiera circulaba por todo el cuerpo helada. La joven sudaba frío y en medio de la tensión intentó zafarse de su captor, pero fue en vano. El policía la llevó casi una cuadra hasta donde se ubicaba la micro de pacos. Por el camino y en medio del forcejeo, el policía aprovechó de manosearla y toquetearle el culo bruscamente. Mientras esto ocurría, entre jadeos y sollozos, Javiera no claudicaba en su intento por desprenderse y huir.

Cada paso que avanzaba junto al carabinero era uno más que la iba matando. Javiera se sentía de muerte. Su brazo estaba destrozado y no podía hacer casi nada ante el manoseo del funcionario de seguridad pública. Cuando llegaron cerca de la micro, el paco tropezó y ella pudo zafarse.

Corrió. Corrió como nunca lo había hecho antes. Corrió sin risa alguna, corrió con una pena tremenda. No entendía porque el “hijo de puta” la había manoseado.

Luego de huir casi dos cuadras, se sentó en un banquillo de la calle República y se echó a llorar desconsoladamente. Lloró sin vergüenza. La cólera había rebalsado su piel y su uniforme y lloraba con tristeza y rabia.

Menos de un minuto pasó, cuando un grupo de estudiantes, al parecer, universitarios, se le acercaron para consolarla.

Le pasaron amoníaco y limón. Esperaron que se calmara un poco para preguntarle qué le había pasado. Javiera desembuchó su breve trayecto en la marcha y los jóvenes solidarizaron al instante con ella.

Uno de los chicos dijo que era estudiante de derecho y que tenía contactos en la fiscalía, que servirían para poner una querella por los abusos contra la menor. Pero nada importaba, Javiera se sentía impúdica.

Entre las palabras consoladoras, sonó una frase que llamó la atención de Javiera. “No te rindas. No dejes que estos hijos de puta ganen. No le regales miedo”.

Un instante bastó para que Javiera supiera que aquellas bestias que se alimentaban con miedo, no probarían más bocado de su cobardía. ¿Qué era su vida sino un sueño cobarde que se agazapa ante la realidad?, ¿Qué eran los afiches y las series de televisión sino un refugio donde ella depositaba sus anhelos?

No. Ella no iba a alimentar más a las bestias.

Limpió su rostro con un pañuelo. Miró a los chicos que le rodearon; les vio la joven triste, emocionada, incorporóse lentamente, abrazó al primer estudiante; echóse a andar…

Mauricio Leandro

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