Podría ser

Como hace días, esa noche era asquerosamente un horno. Ni el ventilador y su sempiterno viento gélido apartaban ese ardor que quemaba en mi cuarto.

Entre gota y gota de sudor, y sin una sola sábana, hacía la cuenta de todas las malditas cosas que tenía en esos días. Realmente creí que era la peor época de mi vida: más de mil pruebas y todas esperándome perversas, lo que sería próxima semana. Epistemología, Sociología, Estadística… ¡Ah!, ya los imaginaba, esos diabólicos cursos sacando garras y dientes para romperme la cadera y zafarme los miembros uno por uno. ¡Ay, ese maldito fin de semestre, si que era agresivo!

Todo iba de mal en peor cuando oí un golpe en mi ventana. Asustada y confundida me acerqué a la lumbrera y de pronto, feroz entró un hombre con un pasa montaña vestido de negro y… bueno, aunque hago el esfuerzo no puedo recordar más, parece que de pronto mordí el suelo por el extraño olor de un gas. Más no puedo evocar.

No sé cuánto tiempo habrá pasado cuando desperté, pero estaba medio atada y con una sábana en la cabeza. En ese momento me sentí como en un rally, sabía que andaba en un auto porque sentía los frenazos y como el vehículo doblaba violentamente las calles. Además, escuchaba voces rebajadas que murmuraban algo que no pude captar. El fiero sueño se volvió a apoderar de mí como en un estado de droga.

Ya cuando abrí los ojos de nuevo y me sentí plenamente fuerte y despierta, no tenía ataduras, ni cadenas, ni lazos, ni sábanas, ni nada que me hiciera prisionera. Me encontraba en una cama pequeña, de una sola plaza, no muy cómoda pero tampoco era la de un faquir. El cuarto también era pequeño y tenía una ventana minúscula. Por la ventana y por debajo de la puerta entraba una luz ultra potente, como si hubieran mil focos apuntando hacía mí en un set de televisión, o como si estuviera a dos kilómetros del sol. La primera no sé, pues no se escuchaba el típico sonido de los coordinadores, los actores, el público y el director; y lo segundo, parecía lo más cercano a la verdad, pero al mismo tiempo era ridículo, pues el aire era fresco como en un paraíso.

Tímidamente abrí la puerta esperando un desenlace fatal, pero afuera no había guardias, ni armas, ni el más mínimo indicio de un rapto. Yo imaginaba que esto sería como en “Noticia de un secuestro” de García Márquez: un encierro trágico y hostil, golpes y mil hombres alrededor mío con armas largas apuntando arrebatadamente contra mi cabeza, pero hasta ese momento nada.

Yo pisaba lentamente cada rincón de la casa para no hacer ruido. Era un lugar muy familiar, no tenía facha de ser la casa de un narco y menos de un violento mafioso o secuestrador. Aquella decoración me recordaba la casa de mis abuelos, pero habían toques diferentes en los adornos y ese aire tan adictivo que respiraba. Empecé a abrir las puertas buscando alguna salida, pero sólo encontré habitaciones. De repente escuché el sonido de una puerta que se abría y comencé a llenarme de espanto. Apresuré mi intento de buscar salida, hasta que la hallé. En ese instante, ante mí estalló  una luz fastuosa. Corrí desesperadamente en busca de ayuda, pero a los segundos de acostumbrarse mis ojos a la luz, apareció ante mí eso que la literatura gloriosa dibuja como “el paraíso”.

No podía creer lo que veía, un valle magnífico lleno de verde, que crepitó frente a mí como una bomba de esplendor. Un olor puro a vida nueva, selva y una tierra roja que era húmeda desde mis pies hasta mi alma. Aquel ser “maligno” que me raptó de mi aposento parecían cada vez más, un querube enviado por mi ángel protector. Sólo en ese lugar creí sentir vida, en el aire, y todo lo que se podía tocar. Más allá de las dos o tres pequeñas chozas campesinas, aquella maravilla visual no era apuñalada por el odio del hombre ni el cemento: nada de grúas, tractores, máquinas, autos, tiendas, humo, nada…, solos yo y ese mundo celestial.

Cada animalito, cada canto de pájaro, cada insecto que volaba frente a mí, no podían más que inyectarme la idea de que todo era un sueño. En ese momento me di cuenta que necesitaba algo que me despertara urgente para zafarme de mi despiadado raptor o ir a la universidad, si es que el sueño empezó mucho antes.

De pronto sentí una mano que se desplazó como serpiente por mi cintura. No hice el más mínimo gesto, ni me moví, pues sentí esa mano muy mía, una mano ya conocida por mi piel. Otra diestra se posó en la parte izquierda de mi cuello y desplazó todo mi cabello hacía el lado derecho. Poco a poco me sentí como una presa dispuesta a ser devorada por una bestia hambrienta. Aquel hombre que sentía amigo, compañero, mío, parte de mi memoria, posó un ósculo tierno sobre mi cuello y luego acercó su boca hacia mi oído para decir en un susurro: -Esto es Viñales, un paraíso bajo el sol. Sólo recuerda que estás secuestrada todo el tiempo que desees vivirlo.

Mauricio Leandro

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Un pensamiento en “Podría ser”

  1. Al terminar uno de los recitales de poesía que Federico García Lorca ofreció después de su regreso de Cuba en 1930, el poeta se tumbó sobre un sofá con la cabeza echada hacia atrás y cerró los ojos. Alguien aprovechó para preguntarle dónde preferiría estar en ese instante. Él contestó sin vacilar : en los pinares del Occidente de Cuba.
    Es que, como dijo una vez el poeta: “Cuba es un paraíso. Si me pierdo, que me busquen en Cuba o Andalucía…”.

    A mi también me gustaría perderme en aquel paraíso bajo el sol con un jinete enmascarado a mi lado.

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