Mario Gómez López: “La soledad llena de gente”

Foto: Mauricio Leandro

Entrevista al periodista Mario Gómez López.

Con 84 años Mario Gómez López, gloria del periodismo chileno, comparte intacta e inequívocamente la historia del siglo XX latinoamericano, de la cual fue uno de sus principales relatores. Trabajó como como reportero y cronista en La Tercera, La Noticias de Última Hora, El Espectador, La Sexta, La Gaceta, La Libertad y Puro Chile, además de varios diarios y revistas de Perú y México durante su exilio. Su trabajo adquirió mayor popularidad con Crónicas de Reportero y Reportajes en Primer Plano, programas difundidos por las radioemisoras y canales de televisión más importantes de Chile. En 1992 recibió el Premio Luis Hernández Parker y APES como mejor aporte al periodismo radial.  Vive en un pequeño departamento de Ñuñoa con su esposa y su hija menor, mientras rememora sus anécdotas entre álbumes fotográficos y trofeos a su pluma infalible.

Por Mauricio Leandro

La reunión se acordó a las dos de la tarde en el departamento del periodista ubicado en la comuna de Ñuñoa en Santiago de Chile. A la entrada don Mario muestra sin demora los cuadros en la pared llena de fotos con personalidades históricas: con Fidel en La Habana, con Luis Corvalán en el exilio y una muy especial de Víctor Díaz, de quien dijo: “Ese era un viejito lindo. Además, él me salvó la vida”.

Luego de una breve introducción de su vida y de mostrar su libro autobiográfico “Testimonios” de la editorial EDB, don Mario pasó a relatar experiencias de su vida, su obra y el exilio.

¿Cómo lo pilló el Golpe?
Cuando llegó el Golpe de Estado, yo dirigía un diario del Partido Comunista (PC) en Antofagasta. Por ese tiempo trabajaba con mi hermano (José Gómez López), en el diario Puro Chile, pero luego de unos conflictos y como fueron las elecciones de marzo del 1973, el PC me envió a dirigir un diario en el norte.

Al igual que Eugenio Lira Massi y mi hermano “Pepe”, no milité en el “Partido”, pero siempre fuimos colaboradores y amigos de los comunistas. Incluso Allende cuando triunfó nos pidió que fuéramos parte del equipo de prensa, pero le dijimos que no, pues el día que la “cagará” no lo podríamos criticar (Se echa a reír).

La cosa es que gracias a un llamado del “Chino” (refiriéndose a Víctor Díaz), tuve que partir a Santiago a levantar un diario que le hiciera competencia a La Segunda, que por ese entonces le estaba “volando” la cabeza a Allende. Aunque había huelga de LAN, Víctor me dijo que tomara un auto y sólo alcancé a despedirme de mi señora y mi hijo. Fue en ese momento, cuando íbamos a la altura de Los Vilos, que se produjo el Golpe, pero como no me hallaba en el norte salvé ileso.

Mi hijo, que trabajaba en la compañía de trenes pudo contactarse conmigo y me escondió en una casa, no por el hecho de ser tan importante, sino porque era uno de los perseguidos.

Luego pude pedir asilo. Me despedí de mi madre, pero aún no sabía que a Pepe lo habían detenido. Luego supe que él ya había pensado hacer un periódico clandestino.

Domingo Politi, gran personaje en mi vida azarosa, me dijo que fuéramos a la embajada argentina y de alguna manera nos las arreglaríamos para que yo pudiera entrar. Así lo hice y al día siguiente publicaron: “Ayer se asiló un delincuente en la Embajada argentina. Se le identificó como Mario Gómez López”.

¿Dónde fue el exilio?

Foto: Mauricio Leandro

Argentina en primer instancia.

En mi libro autobiográfico escribí (empezó a leer):

“Cuando ingresé a la embajada argentina empecé un curso rápido de “cómo es la vida cuando se pierde la libertad”. Fue un curso que partió el 27 de septiembre de 1973 y terminó en febrero de 1974.

Hice un posgrado en el exilio hasta el 23 de julio de 1983, cuando regresé viudo, solo, flaco y desgarbado, con la nostalgia sobre mis espaldas de las esquinas que encontré parecidas a las chilenas en cada lugar donde viví o hice una pasadita”.

Fue difícil afrontar el exilio, pues la nostalgia de esos años me hizo construir un Chile que aún busco y me he desgarrado el alma en ese vano intento.

Sigo en ese afán, a ratos triste, las más de las veces lleno de vida con la verdad, “barreneando” en esta descomunal mina de no sé qué, donde el modelo tiene oro y plata para beneficio de los que lo heredaron como gran tesoro de una paz social, hija de la paz de los cementos.

En Argentina me puse a trabajar con otros chilenos que estaban en mi misma condición, con el objeto informar a Chile, pero no era una cuestión fácil. La “Triple A” (Alianza Anticomunista Argentina) ya estaba trabajando así como agentes chilenos que fueron a participar en una cacería de brujas.

A mí el embajador de Chile en Buenos Aires me ayudó a quedarme en esa ciudad un tiempo, pero tenía que informarle algunas situaciones de lo que pasaba en Chile al agregado militar de la embajada, Carlos Prats.

Luego fui a Rosario, pero antes de cada viaje que hacía de allí a cualquier parte tenía que pedir permiso previo a la policía Federal, por mi condición de refugiado político. Allí no pude estar mucho tiempo pues tuve que abandonar el país por culpa de la Triple A durante el gobierno de Isabel Perón y del inefable López Rega. De allí me afinqué en Cuba.

¿Qué recuerda de Rosario?

Rosario tenía una cualidad. Un centro muy concentrado, periodismo muy consistente y además una solidaridad muy grande con los chilenos. Ellos me ayudaron. Cuando fue el Golpe de Videla ellos me sacaron de Argentina y me pusieron en el avión donde me esperaba mi esposa y mi hijo. En Argentina conocí muchos artistas y gente muy linda. Un de los grandes fue Miguel Garoz.

Yo en Rosario vendía libros para pasar desapercibido, pero igual tuve tres intentos de secuestro, por suerte, todos frustrados.

Cuéntenos sobre el desarraigo cultural en el exilio
Gracias al teléfono, las entrevistas, el periodismo pude siempre estar muy cerca de Chile, pero al mismo tiempo tuve que inventarme mi país en todos los lugares que estuve.

Yo solía salir a correr con mi hermano Pepe y a veces ambos nos deteníamos al llegar a una esquina y decíamos: “mira, se parece a tal esquina… ¡Rancagua!, claro. ¡Temuco!” Es decir, es una cosa que hacíamos instintivamente sin ánimos de nostalgia. En el exilio vivimos en un territorio extraño, pero el alma, si existe, estaba en Chile.

A pesar de las amistades, los compañeros, yo sentía la soledad llena de gente, lejos de mis hermanos, mi madre, mis amigos, mi cultura. Como te digo, tuve que inventarme Chile en las esquinas de otras ciudades.

De todas formas, yo creo que nunca más volví a mí país, aún vivo en el exilio, pues el país que me inventé no es el mismo que el de hoy. El Chile del que hablo es un país de ficción.

Una vez un periodista le preguntó al cardenal Silva Henríquez, en un avión rumbo a Roma, que si en Chile había paz y él le dijo: “sí, la paz de los cementerios”. Allí fue a parar el país del que tengo recuerdos.

Al final de la entrevista, don Mario vuelve a mostrar sus cuadros y trofeos periodísticos, dando un breve recorrido por la sala de su casa. Se detiene en cada uno los objetos y comenta la historia que aguardan. Mira nostálgico las fotos de la familia, pero a pesar de mostrarse firme ante los recuerdos y hacer un guiño de que no le hacen mella, en cada frase trae a este mundo sus memorias con un sentimiento de profundo amor.

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3 comentarios en “Mario Gómez López: “La soledad llena de gente””

  1. Muy buena nota sobre un grande del periodismo nacional y latinoamericano.
    Hacen falta más Mario´s Gómez´s en los medios de comunicación del Chile de Hoy.

  2. muy buena la entrevista de Mario, la verdad es que se hace corta pues Este tiene tanto para contar, aquellos que tenemos la suerte de ser Amigos de Mario y la suerte de escucharlo de ves en cuando, o mejor dicho cuando la suerte lo permite a veces unos cuantos dias cuando uno aterriza por Santiago de Chile

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