Puerto sin mar

Como el corazón de la ciudad, bombea y circula gente todo el tiempo

Haciéndose el periodista valiente, decidió mascar el rocoto y tragárselo de una. Los ojos casi le estallaron y tuvo que toser para no ahogarse ahí mismo. Retomó conciencia de en qué mundo se hallaba y le dijo al vendedor peruano “dame ocho de esas cositas”. Recorrieron la Vega, el Mercado Central y La Piojera y a cada rato, le dio temerosas mordidas al rocoto picantísimo  con sabor apaciguador. Los cabros se juntaron temprano para descubrir esos centros autóctonos de Santiago, lugar arrabalero con todo lo necesario para que los llamen un puerto sin mar.

Por: Mauricio Leandro

Estaba la clase entera del Taller  de Crónica y Entrevista, lista para asaltar con cámaras y grabadoras la Vega, el Mercado Central y la Piojera. Los chicos se dividieron en piños y partieron a husmear los lugares. La ayudante del taller quedó sola, pero luego encontró la custodia de Mauricio y Pato, o viceversa: Mauricio y Pato quedaron solos, pero encontraron las custodia de la ayudante del taller.

Aquellos pichones del periodismo chileno, más que periodistas parecían turistas. Cuando Paulina Roblero, la ayudante del taller de Crónica y Entrevista llegó con el permiso para que unos 30 estudiantes de periodismo de la Universidad de Chile, sacaran las instantáneas que quisieran absteniéndose a sacarle fotos a animales y a borrachos, los chicos se volvieron unos desequilibrados japoneses y sacaron fotos hasta agotar las baterías de las cámaras. Mientras ello ocurría, Mauricio alzaba su cabeza y dejaba abajo las frutas y verduras, los vendedores y compradores, los olores y los sabores, la mugre del piso y todo, para centrar su vista en los cables, descubriendo tímidamente su electrofobia.

Esos cables, en los que el estudiante fijaba su vista, parecían frágiles pero al mismo tiempo, tenían la suficiente fuerza para aguantar el peso de los gatos que jugaban al equilibrismo en su trayecto. Había un lugar donde todos los cables se unían, formando una nerviación tremenda. El estudiante fijaba su mirada en aquel punto de forma majadera, esperando que aquellos cables no se derribaran jamás o mínimo, no estando él ahí.

La vega y el mercado central

Opuesto a describir lo que todos sus compañeros harían, o sea, describir lo mismo, Mauricio empezó a buscar algo que no todos vieran, tratar de transformar su mirada en una infra-mirada, una mirada rayos-x que traspase los límites de la materia y entrara donde no todos ven. El intento del muchacho falló, pero ante sus ojos apareció algo que lo dejó fuera de sí mismo: “la biblioteca para todos”.

Jamás imaginó, quizás por prejuicios, hallar una biblioteca en medio de un lugar donde la gente va a comprar los víveres para la semana, a satisfacer la gula de algún alimento exótico que de seguro encontrará en la Vega o alguna cosa relacionada con la comercialización de alimentos para el sistema digestivo humano y no el alimento del espíritu y el cultivo del conocimiento. En aquello falló erráticamente el prejuicioso estudiante, pues la biblioteca de la Vega no era un lugar poco frecuentado. Existen suscritos a ella unas 600 personas entre comerciantes y vecinos del lugar. Eduardo, quien atiende la biblioteca, respondió todas las dudas del estudiante respecto a qué tipo de libros eran los que más preferían los lectores y con qué frecuencia los sacaban. Eduardo le comentó que eran varias las veces a la semana que se prestaban libros, casi siempre novelas. Además agregó que tenía treinta lectores polillas, que devoraban libros frecuentemente. El muchacho se alejó con asombro del lugar viendo que en él, habían buenos títulos y autores: Teitelboim, Lemebel, Huidobro, De Rokha, Dostoiesky, Tolstoy, Wilde, Kafka y de todo un poco.

Al caminar, esta vez junto a Pato y la ayudante, se hallaron frente a un puesto donde vendían verduras y sazones peruanas. Allí, frente al quiosco había una pequeña bandeja con unos aliños, que enseguida Mauricio reconoció: “eso es locoto”. Ante la afirmación del alumno, vino la negativa del comerciante: “No, no es locoto, es rocoto. Este es de Perú pe’…”. “¿Y es picante?” preguntó Mauricio, ante lo que el comerciante, le convidó a que lo probara.

Le metió una mordida furiosa al rocoto como si fuera él un gigante y le arrancara con los dientes la cabeza a un liliputiense. En crescendo el sabor potente del rocoto empezó a dominarlo y prendió de a poco un incendio en su boca que llegó al estómago pasando por la garganta, donde casi lo ahoga. Disimulando su malestar pidió agua y ya cuando todo se calmo, le dijo al vendedor: “dame ocho de esas cositas”.

Al medio día se reencontraron todos a la salida del metro Patronato, cada uno venía con diversas visiones. Camino al Mercado Central, Mauricio y un par de compañeros mordieron varias veces el rocoto de un sabor picantísimo, pero que tenía el don de apaciguar la congestión y el a veces lúgubre panorama.

En el Mercado Central los jóvenes estudiantes fueron estocados por el hambre. Allí, el olor de la jaiba marina, los mariscales, los pecados fritos, asaltaron a los estudiantes impidiendo su concentración e incitándolos a devorar esos alimentos.

Los gritos de quienes ofertaban la mejor variedad de pescados y mariscos, ensordecían a cualquiera, pero había que entender que era una guerra, tenían que ganarse al cliente. Hubo quien siguió a los jóvenes hasta diez metros, casi convenciéndolos que almorzaran en algún restaurante. Más de uno cayó en las espinas de un plato o mínimo, en una empanada de mariscos o una de queso con camarones.

Mientras esto ocurría, Mauricio fijaba su vista en cualquier cosa menos en el Mercado Central. Él se cuestionaba qué era ese barrio, arrabal a orillas de centro. Trataba de tasar las fachadas buscando respuestas sobre ese lugar. Lo que él no sabía, es que en un tiempo, fue la entrada al Gran Santiago. A la Estación Mapocho llegaban tanto nacionales que deseaban alcanzar la capital, como extranjeros en busca de algún nuevo porvenir.

A orillas del río Mapocho y cerca de la Estación, se irguió todo un centro de comercio. Se ofertaba alojamiento al que llegaba, comida, trabajo y hasta prostíbulos. Algunas cosas han quedado en aquel tiempo. La Estación Mapocho hoy es un centro cultural, que aguarda dormido todo el tiempo a la Feria del Libro o algunos eventos que se dan allí, como la final del reality show 1810, pero ya no es más una Estación que le entrega Santiago al viajero, siendo de alguna forma la puerta de la capital.

Lo que queda de este corazón de la ciudad, que bombea y circula gente todo el tiempo, son sus dos grandes centros de comercios: la Vega y el Mercado Central, al que llegan no tan sólo los clientes nacionales, sino también los turistas que desean develar ese pedacito de ciudad, además de degustar unos sabrosos maricos.

También queda en este corazón, un lugar que por generaciones ha marcado a los chilenos y a los habitantes de Santiago. Desde 1896 el bar ubicado en la calle Aillavilú 1030, ha patentado la historia republicana del siglo XX chileno. Por allí han pasado desde borrachos, vagabundos y rotos, hasta presidentes de la República. Fue el “león de Tarapacá”, Arturo Alessandri Palma, quien bautizó a ese lugar usando el epíteto: “¿Y a esta “Piojera” me han traído?”, con el cual se le conoce hasta el día de hoy.

La Piojera

Con tantos olores, algunos estómagos estaban a punto de estallar. Estaba el que moría de hambre si no devoraba algún alimento de inmediato y el que no soportaba más el olor de aquella inmunda parte de la ciudad, lejanísima al aposento que aguardaba su humanidad en la cuna de plata donde nació y tal vez donde morirá también.

La ayudante como postre, extendió ante los alumnos la visita a la Piojera. Allí los cabros llegaron, unieron las mesas y pidieron terremotos, pipeños, maremotos, chicha, chichón y hay hasta el que se comió su empanada. Mientras empezaba la tanda lúdica del día, Mauricio tomo su cámara y partió a retratar el lugar.

Miró todo el sitio con detalle. Desde la entrada amarilla, hasta el baño casi caído. El estudiante tomó apunte: “Al entrar a la piojera se pasa por un pasillo medianamente angosto y lo primero que aparece ante la vista es una hermosa viña y bajo está, un cartel gigante que dice: “Un calzoncillo largo pa’ Chilito” campaña de apoyo a los damnificados por el terremoto, levantada por los Guachacas junto al Hogar de Cristo. Además, a esa hora (hora del almuerzo) no había tanta gente, pero ya estaban allí los fieles amantes del terremoto y el chichón”. La descripción era tal, todo rodeado de paredes rayadas hasta el último centímetro. Los visitantes de la Piojera han dejado incrustados sus nombres y recuerdos: “Aquí estuvo Carlos”, “María y Alicia” “1° de Antropología, Academia de Humanismo Cristiano 2009”, “Teoría e Historia del Arte 2007”, “Gian Piero y Jocelyn”, “JJCC”.

Entre tanto detalle de mesas, sillas, caja registradora antiquísima, paredes medias caídas, banderitas chilenas, un rincón a lo alto de la chilenidad con una lechera y un Moai, el estudiante halló  un barril como el que sale en la serie “El Chavo del Ocho”, éste tenía escrito “La Piojera”. Allí se quedó observándolo, tratando de unir todas las cosas que había visto.

Los estudiantes se quedaron compartiendo con la profesora unos traguitos. Mauricio tomó un texto de Marta Brunet entregado por la ayudante, lo leyó y se fue del lugar en busca de describir lo que para él, era un puerto sin mar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s