“No sé si es una utopía”: Ser puta con dignidad

Desinhibida se me sentó en las piernas y me dijo: “¿quieres subir para hacer lo que quieras?, son 8 lucas lo que tienes que pagar y llegamos al cielo ¿Vamos al “privado”?” Bajé la frente y le conté que esperaba a un amigo. Sin más se paró y buscó a otro para decirlo mismo. Martes, Santiago está de oficina, corriendo de aquí para allá y deteniéndose sólo en algunas vitrinas que ofertan sueños. El ritmo es estresante, pero esas puertas cerradas con luces potentes que nombran: Grado 3, Escorpión, Acapulco y otros incitan a descubrir esa parte de la ciudad escondida que oferta un café… con piernas.

Por: Mauricio Leandro

El Centro de Santiago es conocido por ser el área más comercial de la ciudad y posiblemente de Chile entero ¿Dónde un lugar con tantas oficinas y tiendas? Allí se congregan miles de personas que van a trabajar, a comprar o simplemente a vitrinear y vagar.

En el centro del centro se encuentra el Paseo Ahumada, reconocido internacionalmente. Cerca del barrio cívico, con la Moneda, el palacio de gobierno; las casas centrales de las dos universidades más importantes del país, la Chile y la Católica; la Plaza de Armas, que ostenta la fachada de la Catedral de Santiago; los cerros San Cristóbal y Santa Lucía, que nos permiten, como en ninguna parte, jactarnos de bellezas naturales en plena urbe. Otras bellezas, ahora artificiales también se dibujan en esta parte de la ciudad: “cafés con piernas” o “topless”, repartidos entre zapaterías, cafeterías al paso, oficinas de burócratas. No son pocos los que se han embarcado en la aventura de husmear más allá de aquellas puertas oscuras con vidrios polarizados y que casi siempre, tienen a un tipo afuera, sentado en un banco de mala muerte invitándote a ver sin “compromisos”.

Con esfuerzo sobrehumano decidí abrir aquellas puertas, que por lo oído, era la entrada a las mismísimas Sodoma y Gomorra. El primer paso fue en Tentación Grado 3, al final de calle Bandera. Abrí dos pesadas cortinas de las que se filtraba una luz roja potente y una música seductora esperada para la ocasión. Antes había que pagar; primero el precio de 1500 pesos, pero a la medida que conversamos con el cajero el precio bajó a mil. Aquel muro de censura y misterio dividía al mundo en dos pedazos: el formal y el oculto.

Semidesnudas, mujeres de aquí para allá paseaban luciendo sus cuerpos, algunos más armónicos que otros.

Tacones altos

Mientras Génesis deleitaba a los que mirábamos su baile con sensuales movimientos, diez mujeres sentadas esperaban el llamado de cualquiera de los presentes a un “privado”. La posición en la que esperaban el momento de la llamada era idéntica, parecía estudiada. Todas tenían las piernas cruzadas hacía el mismo lado, la pierna derecha sobre la izquierda. Otra cosa simétrica que las muchachas aguardaban además de su posición, era el encendedor en las altas botas de unos tacones que promediaban los diez centímetros. Las chicas se diferenciaban por su estatura y el color de su piel. Altas, bajas, flacas, rubias, morenas, trigueñas… todas distintas pero con la misma actitud ante los potenciales clientes. Había para escoger.

Más de una asechó mi humanidad con su cuerpo, posándome literalmente sus senos en mi rostro, abrazándome, forzándome al “privado”, a lo que siempre alegué que no, que esperaba a un amigo. Otros, que no venían en mi condición, aceptaron la invitación y partieron hacía el tan incitado lugar, subiendo por unas escaleras que a simple vista parecían eternas.

Génesis, que no para de bailar haciendo piruetas y contorciones realmente arriesgadas en el caño, buscaba con su mirada algún cliente, alguien que la observara fijamente. Mientras, ella misma se tasaba en los espejos alrededor del caño, riéndose, “creyéndose el cuento” de quien era en ese instante. Se tocaba y se miraba, se agachaba y se miraba, se desnudaba y se miraba, haciendo gestos lascivos, mirándose frívolamente.

La bailarina era una morenaza de no tanta estatura. Lucía una tanga blanca, del mismo color que el sostén. Tenía unas piernas tremendas, unos glúteos protuberantes. Después supe que era colombiana, por su propia y tímida confesión, que vino acompañada de la pregunta: “¿Tú no eres tira?”. Alegó que a muchas amigas suyas las habían deportado por estar indocumentadas. Génesis, a pesar de mostrarse como una veinteañera, tenía apariencia de ser muy joven, de no tener más de 18 años, quizás menos.

De un momento a otro sentí una réplica en la espalda. Por las escaleras del privado bajó una espectacular beldad. Tremenda flaca, esbelta, de cabellos dorados, con una cintura peligrosa, tacones negros y una microtanga ajustada a su cuerpo, metida entre nalga y nalga. No pude disimular mi impresión. Ella reaccionó con una sonrisa, pero a diferencia de las demás, no me asechó, sólo se sentó frente a mí, con una expresión en su rostro de soberana indolencia. Sacó de su bota un teléfono celular y se puso a observarlo. La luz del móvil le pegaba en el rostro, lo que dejaba al descubierto sus arrugas y ojeras. Era una imagen sombría.

En Acapulco

De Tentación Grado 3 me fui caminando por Teatinos en busca de algún lugar con mejor aspecto. En el camino encontré de todo. Algunos cafés con piernas que tenían mujeres tristes, hastiadas con tangas apretadísimas, que más que apetito sexual, generaban desprecio por los cafés, incluso un grado de repulsión por la miseria de la vida.  Pasé por no más de seis de estos lugares y en todos lo mismo. El café claro, pero lo principal, lo que realmente dejaba dinero era el “privado”.

El “privado” es una sala interior del bar, en donde el cliente observa un show a su gusto y a precios variables entre 5.000 y 8.000 pesos. Otra de las ofertas del “privado” era tener contacto sexual de tipo oral, que también variaba de precio por lo mismo; los valores de este tipo de servicio eran entre 3.000, 8.000 y 10.000 pesos. La más cara de las atenciones a los clientes era la relación sexual completa que elevaba su suma entre 10.000 y 30.000 pesos.

Después de observar varios lugares encontré uno que parecía preciso para mi objetivo: el café Acapulco, en Teatinos 420. En el lugar había dos chicas solas y me pareció apropiado para hacer unas cuantas preguntas. Pasé y pedí un café, le eché tres cucharadas de azúcar, lo revolví y me dediqué a mirar, sólo a mirar.

Era una sala pequeña, no más de veinte metros cuadrados. Las paredes, como en todos los cafés en los que había estado, estaban pintadas de negro, al parecer, para que la luz roja generara más efecto erótico. Había espejos por todas partes, también como en los otros lugares. Una barra larga y angosta para servirse los tragos y para ser espectador de algún baile privado.

Como en los anteriores lugares, las chicas tuvieron la iniciativa. Fue así como sentí que una de ellas se me abalanzó con un abrazo tierno a mi espalda a preguntarme “discretamente” si quería algún “privado”. Con Valeria, como confesó llamarse, fui directo y le propuse una pequeña entrevista, a la que accedió con buena disposición.

Me contó que tenía 20 años de los cuales había regalado nueve meses a este tipo de rubro. A mi duda de por qué éste y no otro tipo de trabajo, contestó que tenía dos hijos y que el pololo ¡faz!, “me preñó y se fue”. De todas formas confesó tener planes futuros de abandonar ese lugar y empezar de nuevo, pero en un centro de llamadas.

Saqué la cajetilla de cigarros y le ofrecí uno para compartir un poco de humo. Seguimos la conversación que cada vez fue más profunda. Entramos en detalles de lo que hacía, qué le molestaba o incomodaba, qué cosas le gustaba, cómo era ella fuera del café. Valeria contestó con ligereza a cada pregunta, como si tuviera una respuesta para todo.

Trabajaba doce horas, de once de la mañana hasta las once de la noche, sin descansos, sólo unos minutos para comer. Los peores días, me dijo, eran los viernes. Ese día el café se llenaba de viejos borrachos que la manoseaban toda y sin pagarle. Esa era una de las cosas que más asco le creaba de trabajar allí: “Si quieren ir al “privado” que paguen, pero que no me estén manoseando (…) Yo sé poner mis límites, nunca hay que perder la dignidad”.

Cuando terminé de hablar con Valeria, me fui del lugar, pagándole mil por el café y dejándole mil de propina. Caminé por Teatinos hasta Monjitas, tomé el Metro Plaza de Armas y me fui pensando en las historias de estas mujeres, sus clientes y ese rojo barrio que Santiago lleva dentro.

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2 pensamientos en ““No sé si es una utopía”: Ser puta con dignidad”

  1. ta buena la vaina Male. Aunque la bajada me gusto un poco más que el resto de la crónica. un beso,

    a ver si no te sientes violado cuando te miremos en la escuela…jejejeje

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