Política o destino

Por: Mauricio Leandro

Aún no sé por cuál razón Mauricio Leandro nació en Cuba, lo puedo suponer. El padre se dio vueltas por toda Europa, pero terminó en La Habana donde podía estudiar mejor, ya que conociendo el idioma. Allá tomó clases para su futuro y el de su patria, pero se enamoró y ahí nació el muchacho.

En marzo, Mauricio Leandro vio la luz en el hospital Maternidad Obrera de La Habana. Creció jugando en su patio, rodeado de cubanía. Al mismo tiempo veía a su padre, aquel  gigante, acongojado en los rincones, leyendo noticias de un lugar que para él no existía.

Un día el padre se fue y en eso le crecieron rulos en la cabeza, mientras iba a la escuela y prometía ser como el Che.

A temprana edad, cuando recién empezaba a sentirse parte de ese mundo caribeño, partió al sur con su madre, temerosa a los aviones. Montó en aquel pájaro de hierro que lo alejaría de los abuelos y de su libertad, lo bueno fue que en el sur se reencontró con su padre, aún gigante, pero ahora con bigote y estudiando en la Universidad Mayor de San Andrés, formándose como periodista.

Los juegos con su padre eran hermosos, había muchos héroes y amor. El Che estaba también allí. El Che era como su Jesús, pero éste no era perfecto ni inmortal. El Che había muerto, eso lo sabía Mauricio, al mismo tiempo sabía que era un hombre bueno y que estaba en todas partes por lo que había hecho.

Con las historias del Che y Fidel, al niño le nacieron las primeras dudas existenciales: ¿Existe la inmortalidad? La muerte sí, eso lo había comprobado con Aquila, la perrita que murió en el patio de la casa, pero: ¿Qué pasaba con la inmortalidad? Al pequeño Mauricio Leandro no le impusieron dioses, ni le mintieron con Santa Clous, pero él solo sacó sus conclusiones respecto a las cosas metafísicas. La inmortalidad existía allí donde la conciencia de los hombres y sus hechos trascienden en el tiempo. El Che vivía en todas partes de su mundo, en imágenes e ideas, en hechos grandes y en anécdotas de mucha humanidad porque había sido bueno en la vida y eso lo hacía trascender.

El tema de la política o el destino, no es una cuestión, es intencionalmente una afirmación. La política o el destino, así se dividen los hechos ocurridos a lo largo de la vida Mauricio Leandro. No hay otra solución, no existen milagros, ni química, es puro amor el engranaje de su existencia. Sabía que cada acto de la vida era un acto político o hechos situados por el destino, pero no un destino con una escala de valores, un destino casual no causal. Jamás temió hacer algo por lo que luego fuera castigado por dios o el destino, él sabía que el mayor castigo estaba en su conciencia, a ella había que cultivarla y es quien diría lo que estaba bien y mal.

Mauricio Leandro, era de niño muy maduro entre sus pares. No tenía amigos cerca de la casa y sus padres que aún eran jóvenes, se juntaban con argentinos, uruguayos, chilenos, en su casa de La Paz Bolivia, donde tenían largas charlas sobre Latinoamérica.

La música es un eje fundamental en al vida de Mauricio Leandro, pues nació en un país muy musical y el transcurso de su niñez escuchó más música que ruido de ciudad.  Lo hermoso de su mundo musical, es que era muy ecléctico y para el niño eso era bueno, le dio un enorme espectro y lo volvió un melómano desde muy temprano. Silvio Rodríguez, de exquisita melodía, pero del que no entendió la letra, sino en su juventud y adolescencia; Pablo Milanés, quien era muy escuchado por su padre; música bailable cubana, que se repetía en cada fiesta de la casa; Víctor Jara, Violeta Parra, Inti Illimani, Illapu, Patricio Mans, son nombre que soltamos muy a la ligera, pero que moldearon la vida de Mauricio Leandro. Toda esta música metida en una batidora con toques de exóticas melodías orientales, de los amigos de su madre, le dieron al plato musical el mejor sabor.

El primer sueño de Mauricio Leandro, fue hacer la libertad. Los héroes de él, lejanos a Batman y Superman, eran héroes reales. Aquellos, sus héroes de libros y no de juguete, le inculcaron el amor a todos los hombres de la tierra. Esa sensibilidad se reflejaba en las lágrimas que fácilmente corrían al ver la pobreza de un país tan rico como Bolivia.

Cuando en tercer grado de la primaria, la profesora de Mauricio Leandro, preguntó que es lo que quería ser cada uno, él no dudo en responder: -yo quiero ser guerrillero-. Esa respuesta le causó problemas en el colegio que llevaba por nombre, el del poeta boliviano Gregorio Reynolds. El padre le explicó al pequeño, que para ser guerrillero había que estudiar primero: el Che era médico y Fidel abogado. Definitivamente había que estudiar.

A los ocho años y de vuelta en su patria, se propuso ser médico como el Che y salvar vidas, además de descubrir la cura del SIDA. Las guerrillas que en ese tiempo Cuba enviaba al mundo, eran conocidas como misiones médicas de ayuda internacional. El niño soñó con ser parte de una de esas misiones. El idilio de la medicina duró hasta que llegó a su vida, lo que se convertiría en una de sus mayores pasiones: la literatura.

Tenía quince años, cuando cayó en sus manos un libro de César Vallejo. Abrió las páginas de aquella nueva maravilla y fue capturado por la poesía. Luego llegaron a su vida: Dostoievski, Wilde, Kafka, Neruda, Benedetti, Carilda y un sinfín de invitados que lo colmaron de historias e imaginación. La lectura lo apasionó al punto de querer que su rifle ahora, se transformara en pluma.

Ahora poeta y con la confusión de no saber qué estudiar, se enamoró por primera vez. Mercedes, llamada igual que su madre, entró a su vida de la mano de Hugo Chávez, un día de abril. El presidente de la Venezuela Bolivariana se congregó junto al pueblo cubano en la Plaza de la Revolución para recibir el premio José Martí de la UNESCO.  Hasta allí llegó Mauricio Leandro y por las cosas del destino, encontró el amor, en medio de un discurso libertario.

En la adolescencia y juventud la política no estuvo ausente de su vida. Es más, un hecho puntual marcó al joven que es hoy, un hecho no exento de la historia.

Su profesor de biología de doce grado, le contó que fue internacionalista en Angola y que allí hizo un diario de todo lo ocurrido hasta el momento que volvió a Cuba. Aquel diario, el profesor lo perdió en un incendio donde también perdió la casa. Mauricio Leandro, hizo un trato con el profesor: -Profe, yo voy a estudiar periodismo y cuando me gradué, lo primero que voy a hacer, es reconstruir sus memorias de Angola, con la que haremos un libro-.

En la actualidad, Mauricio Leandro estudia periodismo en el país de su padre y aguarda terminar para cumplir su promesa.

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3 comentarios en “Política o destino”

  1. gracias por querer kompartir esto =) cada historiaa es tan especial y bella… sin duda todo aquellos que haz vivido te ha convertido en el hombre que eres hoy. y pensar que todavia faltan caminos por recorrer.. la vida es impredecible

  2. Grande Leandro:
    Te has empapado de nuestras luchas y de nuestras derrotas, pero sigues firme como tu padre en la senda de la victoria popular.
    Un abrazo
    Mario

  3. Bella historia la de Mauricio Leandro. Con la revolución en las venas, y me imagino que esa consecuencia ideológica te ha llevado a ser un ser humano de los gigantes, que marcan. Tan cubano, tan latinoamericano, tan del mundo…tan de los que hacen falta.

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