Un beso a la francesa

Cuando llegué a Gómez Millas me situé en el palco improvisado que los muchachos de la FECH habían montado en la cancha del campus. Eran como las 3 de la tarde y había un sol que partía las piedras, pero eso no le importaba a nadie, todos se sacrificarían para ver al trovador y el espectáculo que vendría después.

Poco a poco, el ya lleno lugar, se empezó a rebosar de gente y no había espacio en la sombra, lo que no fue problema. Con Turrón y el fornido Jordi, corrimos el gigantesco telón de malla…, bueno, hicimos el intento -total-, el sol no estaba tan fuerte.

El espectáculo se puso buenísimo y claro que sí, si un susurro vociferó su nombre: Marion, pero no Marion como se lee, sino, como se dice en francés, con esa g metida en la r. Al buscar la voz, encontré una espectacular beldad, auto declarada socialiste. Beldad que poseía una mini, cosa que me llenó la mente de imágenes del mayo francés. Una inteligencia y fuerza que imponían ante uno, una Simone De Beavoir, relatando sus Memorias de una Joven Formal. Marion procedía de la tierra invocada por mis imágenes, sin tanto formalismo: era una francesa tremenda.

Yo no pude fingir lo encandilado que me tenía aquella mujer y enseguida le saqué palabras, usando la política como pretexto del discurso. Usé la oratoria por un rato, hasta que sonó la cumbia y la impulsé al baile, zafando de sus manos los textos y el bolso que traía. Sudamos Juana Fe, Sonora Tomy Rey y los de siempre, no paramos hasta que sonó el último Fa sostenido.

Desinhibido pregunté a Marion y su amiga qué harían, pero su respuesta no fue muy alentadora. Unos amigos la esperaban esa noche para un asado. Dije por dentro: -bueno, esto siempre pasa-. Le pedí el teléfono a Marion para invitarla otro día a salir; el resto del piquete (todos hombres) partimos a la sede de la FECH, sí, la de Periodista Carrasco Tapia.

En la FECH encontramos más fantasmas que vivos y lo único que nos animaba, era repetir una y mil veces el tema sensación impuesto por José “el músico”: Suelta una luca, luca por nuca, no seai’ apreta’o, anda de positar: 001- 698583, ¡30! Ponte, ponte con la FECH.

En el momento que mi cuerpo empezaba a exigir una escapatoria directo a mi lecho, sonó el telefonazo que activo como café cubano la vida de Montaner, Nacho, Turrón, Jordi y yo. Francesas hacían un llamado vía Turrón, invitando al piquete hacia el asado de sus amigos. No hubo dudas. Nacho aspiró con entusiasmo sus últimas pitidas de nicotina y partimos veloces (menos Montaner, que andaba un poco lento por el efecto del smog), en un viaje de contra-conquista, hacia las carnes del viejo continente.

Cuando llegamos, Marion nos condujo hasta el patio trasero de la cosmopolita casa. Allí empezó la locura. Los muchachos tenían los ojos mirando de un lado a otro, como si estuviesen poseídos por algún tipo de droga, no era para menos. California lucía una vestido asesino, uno de esos con rayitas negras y blancas, como de convicta. Por todas partes bellezas. Cada uno de nosotros entendimos más a Marx esa noche y es que comprobamos empíricamente como el brutal imperialismo ostentaba riqueza ante los pobres.

Al reflexionar sobre lo último, un impulso guerrillero me asaltó por la espalda y preparé un operativo de recuperación. Por suerte para mí, Marion no puso dificultades a mi misión y se integró al plan insurgente, haciéndose comandante de la columna, tomando por nombre Tania, conduciéndome a una guarida y como dice el troubadour Geraldo Alfonso: pero al decir la verdad, pero la verdad, esa noche la pasé requetebién.

A la mañana siguiente, cuando el sol se posó en la ventana para mirarnos, de soslayo divise la desnudez de su espalda radiante. Empecé a besarla suavemente para que no se despertara, pero al mismo tiempo, como si no volviera a verla jamás. Lentamente comencé a vestirme y fue cuando escuché ese castellano con acento francés que dijo: ¿te vas sin despedigrte? Tomé su mano entre las mías y supe que no sería la última vez que la vería.

Me fui por Bustamante hasta Baquedano, quería caminar. Prendí una bala y con el humo del cigarro dibujé en el aire mi felicidad, mientras cantaba una canción de Jacques Brel, sin saber qué cantaba.

MauricioLeandro

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4 comentarios en “Un beso a la francesa”

  1. puta que me haces reir wn… fue una gran noche.. el smog que tu nombraste nos mandó volando a mi casa y ni siquiera sentimos el viaje… póngale candela compañero! nos vemos en otro carrete o caggete? jajajaj

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