Desidia

Estuvo varias horas con las manos en la cabeza y con los codos clavados en su escritorio. No se podía ver con claridad si estaba mirando hacía algún lado o si tenía los ojos cerrados; tampoco si su expresión era de preocupado o no. En la oficina la gente empezó a inquietarse y es que ya habían pasado muchas horas sin que él dijera una palabra, realizara el más mínimo movimiento o diera una orden. Mónica abrió la puerta de su despacho y al parecer le preguntó algo. Él hizo un gesto con la cabeza como si diera una respuesta, pero no se movió mucho.

Eran ya las ocho de la noche y la oficina empezó a vaciarse. Cada grupo de gente que se retiraba del lugar, no podía dejar de especular lo que le ocurría. Todos antes de tomar el elevador echaban una mirada curiosa hacia su despacho.  Mónica fue la última en irse, no sin antes pasar por donde se hallaba él, que aún mantenía la misma posición, en forma de estatua. Él respondió al saludo de Mónica haciendo un gesto tan insignificante como el anterior.

Cuando la oficina se vació por completo, se levantó de su silla muy lentamente, abrió la ventana y miró la ciudad. En esa noche corría mucho viento y empezó a mover su cabeza jugando con la brisa. Cada ráfaga de viento parecía una mano que lo acariciaba. De vez en cuando sonreía.

Volvió a su escritorio, se sentó frente al computador y de forma violenta adquirió nuevamente la posición de las manos en la cabeza. Esta vez no quedó yerto por tanto tiempo. Empezó a lanzar cosas contra la pared. De un momento a otro abrió la gaveta de su  escritorio y sacó un revolver reluciente. Se puso el cañón del arma contra su frente y cerró los ojos, luego lo colocó en su boca y después lo cambió hacia su estómago. Empezó a jugar con el arma un rato.  Estuvo así no más de 10 minutos, hasta que se apuntó contra la cien y disparó.

La bala entró y salió, haciendo que su cabeza hiciera un movimiento realmente brusco, como jamás había visto. Acerqué la toma y pude ver una enorme mancha de sangre en el piso alrededor de él. Sus piernas estaban todas dobladas y hacían que se viera como una pintura abstracta. Una de sus piernas aún le tiritaba.

Miré al pasillo y uno de los guardias del piso salió corriendo hacia la oficina. Al ver eso, coloqué el sándwich sobre la mesa de control, tomé un poco de gaseosa y le dije a Carlos que llamara a una ambulancia.

MauricioLeandro

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5 pensamientos en “Desidia”

  1. A fin de cuentas ¿es algo más EL vivir?… se remite al instante en que preparo un té, se remite al momento en que algo de azúcar tropieza con las partículas superficiales del agua y ataca la tensión superficial como quien rompe ilusiones…
    ¿es acaso la vida algo más que … momentos?

    Un beso
    Una flor
    Una tarde de sol

    su.

  2. Lo más fuerte, es la incógnita final, ¿morirá o no? O tal vez igual se fue cortado, y llamar a la ambulancia es una cosa infructuosa. Nadie lo sabe. Eso hace más interesante la narración.

    Sigue así hermanito…

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