El Sabor de la Corvina

Una cena previa al día de los enamorados

A Gabriela la conocí uno de esos días en que me hacía el pintor en el parque Forestal. Ella se acercó con mucha confianza a ver mi obra y enseguida me embobé con su espléndida figura. Conversamos un rato e intercambiamos datos para un futuro encuentro.

No pasó una semana cuando nos volvimos a ver, esta vez en Bella Vista mientras destilaba el tiempo. Tomamos unas copas y de un momento a otro me precipité a ella y le arrebaté un beso inolvidable. Sus labios eran únicos y en su boca hallé alivio a una soledad que hace tiempo vivía.

Por esos días asechaba marzo agazapado en los últimos momentos del verano. En el trabajo me pagaron y no tuve otra idea que invitar a Gabriela a cenar. Revisé en Internet un restauran de comida japonesa que ofertaba sushi a un precio accesible a mi bolsillo.

Así fue que nos encontramos en el teatro de la Chile, a la salida del metro Baquedano y partimos hacía el restauran tomados de la mano, viendo como la luz del sol se marchaba de Santiago. Caminamos unas cuadras y llegamos al restauran que tenía un cartel medianamente grande donde decía: Abrimos el 15 de marzo. Seguimos caminando por el céntrico barrio en busca de otro lugar, hasta que llegamos a otro restauran, éste, de comida peruana.

El lugar era muy elegante, lleno de velas y tenía una oferta especial para el día de los enamorados que sería en unas horas. El precio de la oferta, lo encontré poco atractivo y muy caro. Pedimos la carta y al ver los platos empecé a tener sudoración intensa en las manos. Los precios eran excesivamente caros. Gabriela, al verme nervioso, me preguntó si algo pasaba, pero disimulé con una muy falsa sonrisa y le dije que todo estaba bien.

Por ser la primera cita, intenté impresionarla fingiendo que nada ocurría ante los precios. De un momento a otro ella mencionó, haciendo un gesto de pena, que era vegetariana. Por un momento tuve un alivio interno, pero fue sólo instantáneo ya que mencionó que si comía pescado. Justo los platos más caros de la casa eran los pescados y mariscos. La sudoración aumentó y esta vez se hizo más notoria al bajar poco a poco pequeñas gotas de sudor por mi frente.

Antes de pedir los platos, fui al baño a constatar cuánto dinero tenía y por mi poca práctica en las matemáticas, evalué que era suficiente. Llegué a la mesa un poco más tranquilo. Pedimos los platos, ella uno de mariscos y yo una corvina, hacía poco que había leído un libro de Varas sobre las corvinas orientales en el lejano Irak y lo encontré tentador.

Mientras esperábamos los platos, habló de la vida, pero me costaba concentrarme en lo que me decía. Mientras ella me hablaba de sus cosas, debajo de la mesa, con los dedos iba sacando la cuenta de las copas, los platos y los acompañamientos, además de la propina, que es un 10%.

Ella se emocionaba, reía, hacía muchos gestos, pero yo no oía nada. Frente a mí estaba ella, moviéndose, pero yo sólo escuchaba a mi voz interna sacando cuentas y las cuentas no daban. Las sacaba una y otra vez, pero faltaban unos cuantos miles de pesos. Su voz me desconcentraba y la cuenta siempre daba diferente, nunca una cifra repetida.

De un momento a otro llegó el mozo con los platos y del nerviosismo tiré torpemente mi copa al piso. El sonido, a pesar de que suene algo loco, me sacó de mi estado, puse los pies en la tierra y empecé a centrarme en la situación. Tome una copa nueva, que trajeron al rato, e hice un brindis por la velada. Con eso tranquilice a Gabriela que se contagio por un instante del nerviosismo. Mi serenidad no duró mucho. El plato era enorme y con un trozo de corvina que no tenía nada que ver con lo representado en la literatura.

Cada vez que inyectaba mi tenedor en la corvina, se me venía a la mente una escena bochornosa donde los mozos  me echaban de forma violenta del lugar junto a una Gabriela muy apenada y furiosa que me cacheteaba duro y seco en el rostro mientras se alejaba dejándome la imagen de su ida para siempre.

La corvina era totalmente insípida, no sabía a nada. Mi lengua era incapaz siquiera para sentir su textura o si estaba fría o tibia. Yo era un ser que sólo podía sentir vergüenza. Gabriela engullía sus mariscos, mostrando un rostro de comercial. Enseguida empezaba a comentar el aspecto y sabor de su plato, pero yo estaba preso de mi vergüenza, en una cárcel tonta y torpe que me dejaba sordo y sin saborear ni una pizca de mi plato ni mi copa.

Deje de comer cuando llegué a la mitad y le comenté que no me sentía muy bien. Ella desinhibida me besó, agradeció la cena y fue al baño. No lo pensé ni un segundo y llamé al camarero para pedir la cuenta.

La cuenta era altísima, hubiera comprado comida para una semana, me daba justo pero sin la gratificación. Enseguida llamé al mozo aparte. Le conté toda la verdad y dije que no me alcanzaba para la propina, pero le di mi palabra de dejarle una más alta mañana. Le prometí pagarle el 50% de lo gastado en la cena. Por suerte el camarero depositó su confianza en mí. Me senté en la mesa, saqué mi pañuelo, sequé el sudor de mi frente, miré llegar a Gabriela y al tiempo que ella aterrizaba, me paré y fui al baño. Conté nuevamente los billetes y monedas que tenía y todo estaba acorde a lo estipulado. Me senté en la mesa, miré a Gabriela con otra muy falsa sonrisa y le propuse retirarnos.

Caminamos hacia un parque lejano al comercio para besarnos, pero esta vez no sentí en sus labios alivio alguno a la soledad, aún estaba nervioso. Cuando se hizo tarde, la acompañé hasta el paradero donde esperamos su autobús, ella se marchó y me fui aliviado a mi aposento.

Hoy es el día de los enamorados, Gabriela no me ha llamado aún y son las once de la noche, quedamos en que ella me llamaría. Me he pasado el día tratando de inventar el 50% de la cena que no tengo. Carlos, el camarero, me ha llamado como diez veces, pero no puedo apagar el celular, espero la llamada de Gabriela mientras saboreo mi plato espagueti con salsa de sardinas.

MauricioLeandro

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4 comentarios en “El Sabor de la Corvina”

  1. Bueno. Suele suceder que la billetera no esté lo suficientemente cargada y uno ya se imagina los posibles escenarios y que táctica usar , ya sea calculando la distancia a la salida y la agilidad de la acompañante para hacer perro muerto; o bien pensando cuantos platos lavados equivalen a la comida ordenada. ¿A quien no le ha pasado?

  2. Una pluma insobornable, jejeje… Que bueno, es excelente compartir estas palabras con los demás. Bonito sitio, lo recurriré constantemente cuando necesite vaciar las necesidades trascendentes de decir, cantar o escribir. Un abrazo

  3. Que tragicómica es tu historia, pero a quién no le ha pasado que invita a una mina a salir y no tienes dinero. xD

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