Bailando con la Botella Legendaria

¡Coñó! La descarga estuvo buenísima, réquete vola’.

Empezamos como siempre, por el llamado revolucionario de sociabilizar con los compañeros. El baño con emoción y apuro. Posteriormente a decirse frente al espejo: -esta es mi noche-. Luego a ponerse el jeans, que aunque está un poco desgasta’o, es bueno pa’ salir. El pulóver toca’o y a la junta pa’ ver si una jevita pica.

En casa de los amigos empezamos a planificar la acción de este aniversario de la vida. ¿Pa’ dónde nos vamos? ¿A qué hora salimos?, nunca supe por qué siempre era tan tarde. Cuando ya estuvo la idea, vino la ponina pa’l roncito que nos empujaría como motor de yate Granma, al mar de la bohemia en descarga de la noche habanera.

Salimos bien de casa de Ale. Ya estábamos Nacho, Rodrigo, Olivia, Nahuel, el hemano de Nahuel, los Candia’s Brother, Valdés y yo, corriendo tras la guagua, un P-4 que estaba más lleno que la Plaza de la Revolución un primero de mayo.

Con lo de la guagua llena no hubo problema, pa’ eso está el lema cubano que dice: donde cabe uno caben cien.

Ese P-4 fue preciso, nos dejaba en el lugar exacto: G y 23 ¿dónde si no? El trayecto fue un bacilón, la música a reventar los oídos y la gente dando un perreo en un sin espacio. Todos en ese P-4 andábamos en lo mismo, cantos de fiestas y guitarras de alegría, éramos los absolutos novios de la noche.

Al fin estuvimos en el Veda’o. Allí estaban esperando Daylín, Yamaris, Alba y Sara, Becquer y todos, no faltaba ni uno, sólo Benny que está en Alemania de concierto.

No es por na’, pero ¿quién niega, quién se atreve a negar que Daylín no estaba como un boutique? Es que tiene de todo y todo está bueno.

“Esa mujer no sabe la canción que la desnuda y la pone frente a mi voz, con ese olor a criatura viva…”, fui cantando pa’ empezar el calentamiento de la descarguita que se avecinaba y en eso, hubo un aviso de última hora, mensaje llegado por medio del teléfono público del Café G: “Habana Abierta e Interactivo en el Pabellón Cuba”. Nadie lo pensó dos veces, la entrada a cinco pesos, había que estar loco pa’ perdérselo.

Llegamos a pata, caminando por todo 23 y allá, la música de “los caballos” que ya habían empezado, sólo nos restó sumarnos a la cumbancha formada en el Pabellón. Sacamos el ron Legendario, clava’o en la mochila de Javier, que ya lo había estrenado un poquito y: ¡quítate colega que mira que te tumbo! ¡¡¡eh, la cumbancha!!!

El concierto avanzó en su son y nosotros en las ganas de seguir, de insistir en la botella y la música. Telmaris, William y Rodney (un guitarrista que la echa de pí…), dan el final del concierto pregonando flores como floreros.

La cosa no murió ahí, cuando los decibeles empezaban a bajar Becquer dice: -pa’ mi casa-. Y bueno, como siempre, en el camino se iban agregando adeptos a las cuerdas, entre estos: Inti Santana (que no se iba todavía a Venezuela), Eric Méndez y otros trovadictos.

El Fernan abrió…, esperamos abajo la contraseña y al subir por esas angostas escaleras del siglo XIX, pasaron tantas cosas por el corazón que no supe qué argumentar. Con la oscuridad y tan cerca de Daylín, no dije nada. Miramos con el reflejo de la luna las paredes despintadas de ese edificio de la Habana Vieja; el techo medio caído; un pasamano de mármol que nos daba una vista “trilce”.

Cuando entramos en la guarida de Becquer hubo que ayudar, buscar el espacio donde descargar. Los muebles pa’ mucho después. Mientras, el encarga’o de la música ya tenía los discos de Habana Abierta y los Van Van en la mano. Cuando eso reventó, lo hizo el piso a su vez y los pies se empezaron a mover, se podría decir que solos.

El niñaje estaba a full. Las jevitas con sus miradas coquetas no te permitían dejarlas solas sin que te asaltará por la espalda un deseo de acércate a ellas. Yo…, yo estuve comiendo mierda con Daylín, hablándole de las elecciones en Nicaragua y El Salvador. A esa altura de la noche todo el mundo estaba en lo suyo. Rodrigo apretaba en un rincón con Lena (que ya la había conseguido); el Leo, tenía de la mano a Yamaris y está le reía todas la mona’as chilenas que el otro le pinta; Javier Candia con la compañera comunista de la FEEM, intercambiando tácticas revolucionarias; Ale con su jevita; Sara y Alba con un rollo de unos trovadores que no entendí; Nahuel a punto de quedarse en Cuba, babeando con una mulatica; Javier, el hermano, también babeando con la hermana de la mulatica, igual mulata. Los únicos que andamos solos éramos Nacho y yo. Nacho enamora’o hasta los cojones de su niña en Chile y yo que no me atrevía a “echarle el plomo” a Daylín.

La noche pasó y el ron murió y resucitó como mil veces. Cuando no quedaba nada y luego de unas horas de guitarras y: “yo quiero que salga el sol para que brille La Habana”, la gente empezó a “pirarse”. Los que no se querían ir no tardaron en decidirse al escuchar al Becquer decir: -bueno caballero: calabaza calabaza.-

Todos nos despedimos y yo me llevaba a la delegación de sudamericanos pa’ mi casa,  y en eso: “Me dejas en mi casa”, dijo Daylín haciendo un guiño lascivo. Yo llamé a Nacho y le dije: “Acere, toma la llave de la casa y llévate a to’ el mundo. Trata que no se forme relajo y si mi mamá pregunta por mí, dile que posiblemente esta noche no llegue”. Así todo estuvo arregla’o.

Acompañé a Daylín a su casa y ella me invitó a pasar, diciéndome: “Mijo, deja la guitarra ahí, ven pa’ acá; no te preocupes que mi mamá no está”. Me froté las manos e invoqué a Yemallá para que me protegiera y me diera todo el aché hacia una noche perfecta. Cuando entré al cuarto de la beldad, no podía creer lo que veía. Estaba Daylín con un “bobito” de esos transparentes y con una ropa interior de la marca esa: Victoria-Sicret. No faltó más impulso ni emoción, ya todo estaba emocionado, me lancé a su cuerpo y a su cama, y no lo van a creer, esto sí no lo van a creer. Cuando volaba, en ese trayecto de mi cuerpo hacia su cuerpo, pasó algo inesperado, una voz que decía: “¡huevón, te vai a caer!” ¡Faz! todo pasó. El “hp” de Nacho me advertía que estaba en la orilla de la cama.

Dicen las malas lenguas y no son mentiras mías, que anoche cogí un peo inmemorable. Por eso no me acuerdo de muchas cosas. Se comenta que en la fiesta me puse a hablar mierda, Daylín se fue a salsear con Becquer y yo me quedé solo, bailando con la botella Legendaria.

MauricioLeandro

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Un pensamiento en “Bailando con la Botella Legendaria”

  1. me encanto de verdad mauricio…cuantas noches pase asi?? no lo recuerdo..pero son un bello recuerdo que algun dia volvere a vivir…algun dia paseare por G, con mis amigos de una vida, a veces amores de una noche….gracias

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